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Con eso de la austeridad y de no querer gastar para que no haya corrupción, tal como lo hemos visto en el presupuesto para combatir los incendios forestales, es posible que no haya quien le diga al presidente que no es tan complicado llegar a Osaka, Japón, para atender la próxima reunión del grupo de las 20 economías más poderosas del mundo (G20), donde México obviamente tiene un lugar.

Los presidentes y jefes de Estado tomarán sus aviones. Pero como no será el caso de Andrés Manuel López Obrador, permítanme este servicio a la nación: algunas alternativas para que llegue a la cita.

La reunión inicia el 28 de junio, por lo que la recomendación es irse al menos con dos días de anticipación, uno para recuperarse y otro que se pierde por el cambio de horario.

Así que puede el presidente y su reducida comitiva volar con Aeroméxico o con ANA, que es una gran línea aérea japonesa. En cualquiera de las dos consigue tarifas en clase turista, sin problemas.

Por ejemplo, el Dreamliner de Aeroméxico saldría del viejo aeropuerto Benito Juárez a la 1:45 am del miércoles 26 de junio y tras una escala en el aeropuerto de Narita, en Tokio, llegaría a Osaka a las 6 de la tarde del 27 de junio. Tendría una escala larga en la capital japonesa, pero la puede aprovechar para que vea cómo funciona un aeropuerto bien hecho.

Si elige volar con ANA puede conseguir la tarifa más barata, pero tendrá que cambiar de aeropuerto, así que algo podría aprender de volar tantas horas y después tener que cargar maletas, cansarse más, y pasar algunas horas en el tráfico de la enorme Tokio para llegar a otra terminal.

Ya con ganas, seguro le encontrarían un buen itinerario para llegar a la Cumbre del G20 a tiempo. La cosa es que el presidente de los Estados Unidos Mexicanos entienda que tiene una obligación de representar a este país ante esos organismos globales y finalmente viaje a Osaka a la Cumbre del G20.

Regularmente estas cumbres no concluyen con soluciones a los problemas del mundo, sus pronunciamientos suelen ser rápidamente olvidados, pero el valor de estas reuniones está en los encuentros bilaterales o regionales que se pueden conseguir.

Tenemos un vecino incómodo al que el presidente López Obrador debe encontrar pronto. Una plática López Obrador–Donald Trump, así sea de unos minutos, sería posible en ese foro.

Será una cumbre donde los asistentes tendrán foros sobre los temas de energías limpias y sustentabilidad ambiental. Puede la dupla Trump-López Obrador elegir el momento en que se lleven a cabo esos encuentros ecológicos para encontrarse. Como sea, a ninguno de los dos parece interesarle esos temas.

Claro que el canciller Marcelo Ebrard pega de brincos por ser él quien lleve la representación mexicana a la Cumbre del G20. Como sea, ha sido el elegido recientemente para hacer muchas cosas delicadas e importantes. Pero el secretario Ebrard tendría que esperar afuera de las reuniones importantes reservadas sólo para los presidentes y jefes de Estado.

No debe haber nada más fifí que esos encuentros de tan alto nivel, donde cada gesto, cada declaración, cada apretón de mano cuentan. No debe ser fácil estar ahí para alguien que no gusta de los reflectores y los ambientes tan refinados.

Pero hay una obligación diplomática de representar a México en esas cumbres al más alto nivel, al menos mientras nos mantengamos dentro de las 20 economías más fuertes del mundo.

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