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Esta y otras medidas no evitaron que Ecuador cerrara 2025 con una cifra récord de 9 mil 283 homicidios, siendo el país más violento en LATAM
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El galardón será entregado el próximo 18 de noviembre durante una ceremonia en el Museo Soumaya de la Ciudad de México

La realidad es experta en símbolos. Por primera vez en 54 años, el pasado 15 de agosto se izó la bandera estadunidense en suelo cubano. El día anterior, cumplió 89 años Fidel Castro, el dictador más longevo de la historia moderna.

Los hechos apenas necesitan énfasis: una cosa llega, otra se va. Empiezan a abrirse las relaciones entre los dos países, y el artífice de la clausura vive sus últimos días.

Las cuentas del enclaustramiento cubano están por hacerse. Pero la sola comparación de la Cuba prerrevolucionaria con el país empobrecido y envejecido que entrega La Revolución basta para poner un toque melancólico sobre los caprichos de la historia.

Lo que la dictadura de Castro ha quitado por más de medio siglo a su bella y talentosa isla apenas puede exagerarse.

Le arrebató primero su libertad, luego su prosperidad, luego su sociabilidad, luego su contacto con el mundo y consigo misma, pues las cosas llegan al extremo de que solo es posible enterarse de lo que pasa en Cuba viviendo fuera de ella.

Si la revolución y los hermanos Castro no se hubieran cruzado en su camino, Cuba sería hoy algo parecido a una Singapur caribeña, una isla bisagra de América Latina y el Caribe con Norteamérica, y una de las capitales culturales y turísticas del mundo hispanoamericano.

No eran otras las tendencias de la economía, la sociedad, la cultura, la educación, los servicios y la industria del entretenimiento de la Cuba prerrevolucionaria.

La revolución segó todo por el siguiente medio siglo. “Llegó el comandante y mandó parar”. Cuba paró. Se quedó congelada en el tiempo, separada del mundo y de su propia vitalidad.

Más de medio siglo después parece abrirse para Cuba la posibilidad de intentar los caminos de la libertad y la prosperidad clausurados por la Revolución.

“No significa que la libertad irrumpa por obra y gracia de un trozo de tela que bate cerca del Malecón”, dice bien Yoani Sánchez. “Ahora llega lo más difícil. Empieza la etapa de asumir lo que somos y reconocer por qué solo hemos llegado hasta aquí” (La Razón, 15/8/15).

Digamos sin ilusiones pero sin pesimismo: Hola, Cuba. Adiós, Fidel.

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