Los seres humanos, a través de los siglos, han tenido que enfrentarse a las enfermedades, a los accidentes inesperados y a la llegada de la muerte.

Por esa razón siempre han estado presentes, en todas las culturas, los hombres con la sabiduría necesaria para hacer frente a estos malestares.

En la actualidad su labor se apoya en la ciencia, así como en los conocimientos acumulados por siglos, sin embargo no siempre fue así.

En el pasado, y en muchas culturas, la medicina se basaba en remedios mágicos con una clara asociación con el ámbito de lo divino.

Algunas otras culturas pensaban que las enfermedades llegaban cuando las entidades anímicas del cuerpo, o los puntos energéticos se veían afectados, rompiendo la armonía natural que brindaba la salud.

Los antiguos nahuas que habitaron en el centro del territorio del país que actualmente denominamos México integraron ambos factores a su medicina tradicional: el aspecto energético, el divino y un tercero: el uso del conocimiento empírico con procedimientos medicinales y sustancias activas procedentes de la flora y la fauna de su entorno.

Prueba de este antiguo conocimiento es el códice postcortesiano Cruz-Badiano realizado en 1552 por el “sabio indígena” Martín de la Cruz, muy posiblemente en el Colegio Imperial de la Santa Cruz de Tlatelolco.

Su título “Libro sobre las hierbas medicinales de los pueblos indígenas” despeja dudas sobre su contenido. En sus 13 capítulos, explica cómo curar distintos malestares y enfermedades utilizando las propiedades medicinales de plantas propias de estas tierras. En 1990, Juan Pablo II devolvió el códice a México en una de las muchas visitas que realizó a nuestro país.

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El Códice Cruz-Badiano menciona 227 plantas medicinales, de las cuales 185 cuentan con su respectiva ilustración.

Los antiguos nahuas creían que en el cuerpo humano residían tres entidades anímicas. La primera se ubicaba en la cabeza y se le conocía como tonalli.

A través de ella se tenía la conciencia y la capacidad para razonar, así como el destino que había sido definido desde el día de nacimiento de la persona y que había sido interpretado y confirmado por un tonalpouhque, un sacerdote especializado en la lectura del tonalamatl, un almanaque calendárico asociado con deidades y con la adivinación.

De esta forma, dependiendo de la fecha de nacimiento, se sabía el destino del recién nacido, las habilidades que tendría, sus defectos, rasgos de personalidad e incluso la forma en que podría morir.

Esta “energía” era tan importante que a los bebes recién nacidos se les cubría la “coronilla” con paños o tilmas, con el fin de que no escapara o fuera capturada por un hechicero. De la misma forma, las madres nunca cortaban el pelo de sus hijos, aunque fueran adolescentes.

La segunda entidad anímica era el Ihíyotl, la cual residía en el hígado y en el aliento. Se le representaba como un gas maloliente asociado con las pasiones, las emociones, el deseo, la envidia y la codicia.

Finalmente la tercera se encontraba en el corazón, y se le conocía como Teyolia. Esta “energía” era la rectora del pensamiento y del equilibrio emocional. Dentro de la cosmovisión nahua, esta energía era la se encaminaba a uno de los espacios del más allá manteniendo el estado de conciencia del difunto. Recordemos que el principal factor para definir a que espacio ultraterrenal se dirigía el Teyolia era el tipo de muerte que se tenía.

La alteración de alguna de estas entidades anímicas podía causar malestar, enfermedades o incluso la muerte. También en las enfermedades estaba presente la mano de los dioses, la injerencia de los divino.

Cada fecha de nacimiento estaba asociada con una deidad, la cual se volvía el patrono del bebe. Sería quien cuidaría de él a lo largo de su vida, pero en retribución, solicitaría que la persona bajo su cuidado realizara constantemente ofrendas en su honor, realizara autosacrificios punzándose diferentes partes del cuerpo para otorgarle su sangre, o simplemente realizarle rezos y danzas.

Si no era así, la deidad patronal podría enojarse y causar enfermedades o la muerte a su protegido.

Cuando existía un desequilibrio de esta magnitud se llamaba a los “doctores nahuas”, conocidos como Titíci, quien en las palabras de López Austin lo describe como: “aquel que curaba enfermedades o heridas a través de conocimientos obtenidos empíricamente con el uso de procedimientos realmente medicionales o los propiamente mágicos y  divinos”. Estos hombres tenían un profundo conocimiento del calendario ritual nahua conocido como Tonalpohualli, el cual contenía 260 días.

Esto debido a que cada fecha calendárica estaba asociada con una parte del cuerpo y con una deidad. Existe una lámina del códice postcortesiano Vaticano A donde se muestra el cuerpo humano y los glifos utilizadas para designar los días.

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Códice Vaticano A.

Existían diferentes tipos de Titíci como por ejemplo los Tetonalmacani, “el que da el tonalli a la gente”, “el que asienta el tonalli”.

Como se comentó, la ausencia del tonalli podía desencadenar enfermedades y eventualmente la muerte. Esta energía era muy codiciada por los hechiceros llamados Tlacatecolotl, “hombres tecolote”, quienes realizaban hechizos para robarla. De hecho cuando se capturaba uno de estos hechiceros, lo primero que se les hacía era cortarles el pelo de la “coronilla” para que saliera su tonalli que los dotaba de su magia y otros poderes sobrenaturales.

Estos Tetonalmacani utilizaban una gran cantidad de rezos y una jícara llena de agua para que en ella se alojara el tonalli ausente de la persona. Al terminar succionaban el agua y la soplaban en el cuerpo de la persona enferma. También existían los Tícitl, especializados en “inhibir el veneno que se le ha dado a la gente”, esto es anular la magia o incluso una mal curación del tonalli.

A estos hombres se les conocía como Teapahtiani, palabra que encuentra su raíz en el verbo pahtia, que en náhuatl significa curar.

Otros se especializaban en curar los piquetes de alacrán, usando ligas para aislar el veneno ubicado en una extremidad, y luego aplicando un ungüento de tabaco al tiempo que realizaban rezos a las deidades solicitando la mejoría de la persona.

Otros médicos llamados tepoztecpahtiani reducían las fracturas de los huesos entablillando la extremidad lastimada, al tiempo recriminaban a las codornices por el daño. Recordemos que las codornices fueron aliadas de Mictlantecuhtli en el mito creacional del hombres, cuando Quetzalcoatl bajó al Mictlan para recuperar los huesos de las humanidades pasadas.

Sin embargo, cuando iba subiendo del inframundo, un grupo de codornices hizo que perdiera el equilibrio haciendo que soltara los huesos y cayeran al abismo rompiéndose.

Existían aquellos Tícitl que curaban poniendo al fuego sus pies callosos y caminando por el cuerpo del enfermo, o aquellos que presionaban el pecho con sus manos. Incluso quienes sanaban por medio de su aliento, siempre pidiendo ayuda del patrono de este elemento: Ehecatl.

Finalmente vale la pena mencionar que cada enfermedad estaba asociada con una deidad, por ejemplo la hidropesía y la gota eran malestares relacionados con Tláloc, mientras que las enfermedades cutáneas con Nuestro Señor el Desollado: Xipe Totec. Males respiratorios y parálisis con el dios del viento Ehecatl, mientras que las picaduras de alimañas se asociaban con los dioses del inframundo.

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Ixtlilton, deidad de la medicina, así como patrono de los danzantes y músicos.

Enrique Ortiz

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