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La fiesta brava, también conocida popularmente como “corridas de toros” es una actividad que polariza a la sociedad mexicana actual, debido a que dentro de la lidia un toro encuentra la muerte en la suerte final.

Sin embargo, muchas personas aficionadas a esta actividad afirman que se trata de un arte, una importante herencia histórica, así como parte de la identidad “cultural” de muchos países hispanohablantes, entre ellos España, Perú, México, Colombia y otros. Más allá de fijar una postura sobre si la fiesta brava debe de continuar o no en nuestro país, el objetivo de este breve texto es compartir la historia de la tauromaquia en los primeros siglos de la Nueva España.

El alanceo de toros. Lámina 5 del libro Tauromaquia Mexicana.

La primera corrida de toros que se realizó en estas tierras fue el 24 de junio de 1526 con el fin de festejar el regreso de Hernán Cortés después de años de ausencia, cuando partió a Las Hibueras para castigar a Cristobal de Olid.

En esa misma campaña fue cuando se ejecutó al último Huey Tlahtoani independiente de Tenochtitlán: Cuauhtémoc, en algún lugar del actual municipio de Candelaria, en Campeche.

En aquella ocasión el ruedo se armó en la Plaza del Marqués, una plaza que se encontraba frente al Palacio de Hernán Cortés (hoy Monte de Piedad) y al poniente de la primitiva Catedral, la cual seguramente estaba aún en construcción. Los cosos de aquellos primeros años era temporales, hechos en su totalidad de madera , por lo que al terminar los festejos eran retirados en su totalidad.

A pesar de que algunos historiadores afirman que las reses bravas usadas en esta ocasión pertenecían a la primitiva ganadería de Atenco, cuyo dueño era el primo de Cortés: Juan Gutiérrez Altamirano, en realidad para aquellos años este último seguía siendo el gobernador de Cuba sustituyendo a Diego Velázquez de Cuéllar desde 1524 hasta 1527.

En aquella primera corrida no es difícil imaginar a Hernán Cortés montando un caballo con el fin de lancear a las reses bravas que llegaron desde Navarra para concretar el evento. A diferencia de las lidias que se llevan a cabo en la actualidad, durante el siglo XVI los “toreros” realmente no toreaban, en realidad lanceaban al toro montando un caballo, muy parecido a los actuales rejoneadores, mientras que sus ayudantes y pajes eran los que iban a pie llevando los capotes de brega o capotes, tratando de proteger al caballo que montaba su señor de las embestidas del toro.

En aquellos años, en la Nueva España como en España, la fiesta brava era una actividad lúdica para la nobleza, en la cual se divertían y practicaban la equitación y el uso de la “lanza”. Por lo tanto la fiesta brava era una actividad que legitimizaba los valores militares como el valor, el arrojo y la ausencia de miedo frente a la muerte. Para la corrida de 1524 se reunieron en el pequeño coso indígenas movidos por su curiosidad, así como mulatos, españoles, autoridades religiosas y civiles.

Tuvo tan buena aceptación la fiesta brava entre los habitantes de la Ciudad de México que Nuño de Guzmán, presidente de la primera audiencia decretó el 11 de agosto de 1529, frente a alcaLdes y regidores que “todos los años por honra de la fiesta de San Hipólito (13 de agosto) en cuyo día se ganó la ciudad se corran siete toros y que de aquellos se maten sólo dos.”

Este último detalle quizá se deba a lo caro que era traer reses bravas desde España, así como al número lImitado de estos animales que se encontraban en este Virreinato. Buscando que esta actividad beneficiara a la sociedad también decretó que “se den por amor de Dios a los monasterios y hospitales los restos de los animales lanceados”.

Esta corrida sería parte de los grandes festejos que se realizaban cada 13 de agosto para recordar la derrota de los mexicas por Hernán Cortés y sus huestes. También había juego de cañas, representaciones teatrales, venta de alimentos y la actividad más importante: el Paseo del Pendón.

Esta actividad consistía en una cabalgata en cual participaban todos los españoles que habitaban la Ciudad de México, la cual iniciaba desde el Palacio de Cortés y luego el Palacio Virreinal hasta el templo de San Hipólito, llevando el pendón real donde estaba bordado el escudo real de armas perteneciente a la monarquía española.

Vale la pena mencionar que este templo que se levantó para conmemorar la gran cantidad de muertos que sufrieron los europeos durante la Noche Triste en el puente de los toltecas, que se encontraba en la misma ubicación.

Para 1529, la plaza de toros seguía armándose en la Plaza del Marqués, y seguramente no era pequeño ya que la estructura abarcaba el espacio entre las siguientes calles: al norte Escalerillas (Rep. de Guatemala), al poniente el Empedradillo, y al oriente Seminario (Rep. de Argentina), mientras que al sur la Plaza de Armas.

Recordemos que para aquellos años la gigantesca Catedral Metropolitana que admiramos en la actualidad no había sido construida, por lo que en su lugar estaba la primitiva Catedral, la cual tenía una planta basilical que iba poniente a oriente y cuyo tamaño era bastante modesto. Se ubicaba donde ahora se encuentra el atrio de la Catedral que terminó Manuel Tolsá en 1813.

Debido a que este coso se colocó en suelo bendito reservado para la construcción de la nueva Catedral de la Ciudad de México, el arzobispo (dominico) Alonso de Montúfar, denunció en 1551 frente al Real Consejo de Indias la presencia de esta estructura destinada para festejos y fiestas profanas e indecentes “donde los toros matan a indios como bestias”.

Este dato nos habla de la utilización de indígenas como pajes de los señores españoles y de la gran cantidad de hombres que morían en la fiesta brava, esto sin mencionar a los caballos destripados debido a que no usaban ninguna protección corporal para participar en “las corridas”.

A partir de 1567 el coso taurino tuvo que ubicarse en la Plaza de Armas y en algunas ocasiones en la Plaza del Volador, debido a que se iniciaron las labores de cimentación de la segunda Catedral de la Ciudad de México, siendo la primera piedra de la construcción colocada en 1573.

En el siglo XVI eran comúnes las muertes de pajes y caballos durante las corridas de toros.

Retomemos la historia de Juan Gutiérrez Altamirano, primo, albacea y consejero de Hernán Cortés, importante personaje en la historia de la tauromaquia novohispana y mexica.

Este personaje llegó a la Nueva España en 1527 instalándose en la Ciudad de México. Fue llamado por Cortés para que lo ayudara a poner en orden sus asuntos legales. El licenciado Gutiérrez Altamirano fue el representante y defensor de Cortés durante los ataques realizados por la Primera Audiencia encabezada por el cruel y sanguinario Nuño de Guzmán.

Como recompensa por sus servicios, Cortés le otorgó en encomienda los pueblos de Calimaya, Atenco, Tepemayalco y Metepec, todos ubicados al poniente de la Ciudad de México, en el actual Estado de México. En dicho lugar fundó la primera ganadería brava de América en el año de 1552.

Los sementales de esta ganadería provenían de Navarra, España, para años después integrar toros de la ganadería extremeña de Zalduendo. En la actualidad, la ganadería de San Mateo Atenco sigue funcionando después de 527 años en el mismo sitio, el Valle de Toluca.

No cabe duda que el pasado de la tradición taurina en México es rica y llena de anécdotas interesantes en las cuales la sociedad y las costumbres se ven reflejadas a través de los siglos en los cosos y en el interminable baile entre la vida y la muerte que se da en los ruedos entre el hombre y el toro.

Una de estas historias menciona como el segundo virrey Luis de Velasco participó en una corrida de toros para celebrar la muerte de un rebelde novohispano llamado Francisco Hernández Girón. Otra muy interesante es la del virrey Fray Juan García Guerra, quien era tan fanático de la fiesta brava que mandó construir y ruedo taurino dentro del Palacio Virreinal, en su costado oriente entre 1611 y 1612, a pesar de las prohibiciones papales para que los religiosos del clero regular asistieran a contemplar dicho espectáculo.

El virrey Fray Juan García seguramente se arrepintió de haber continuado con su proyecto ya que meses después de que la pequeña plaza fue terminada un terrible sismo ocurrió justo cuando corría el primer toro de la tarde. Las gradas de madera se desplomaron, partes del balcón de piedra del Virrey se desplomaron sobre los asistentes. Como consecuencia murieron varios espectadores y la plaza quedó inservible por lo que tuvo que ser demolida.

Virrey Fray Juan García Guerra

Enrique Ortiz García
Divulgador de la historia y cronista
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