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Se extiende la idea de que las elecciones presidenciales de 2024 no serán un día de campo para el gobierno.

Está claro que el partido oficial lleva la ventaja. Pero serán unas elecciones competidas, inciertas, cuyo resultado depende de lo que hagan los competidores no de que el electorado haya decidido ya.

Frente a esa incertidumbre, hay dos certezas.

Primera: la alianza oficialista ganará si Morena no se divide y si la oposición acude fragmentada a la contienda.

Segunda: si Morena se divide y la oposición se une, incluyendo en la unión a Movimiento Ciudadano, la oposición ganará.

No estamos viendo cumplirse ninguna de las dos cosas a cabalidad. Morena no está dividida, pero está dividiéndose.

Y la oposición está unida a medias, no en su totalidad. Ambas son cosas que están sucediendo, no que han sucedido ya. Es un hecho que la sucesión presidencial adelantada de Morena está creando una competencia cada día más ríspida entre sus aspirantes.

La sucesión oficialista la maneja el Presidente.

Tiene una precandidata favorita declarada, Claudia Sheinbaum, jefa de Gobierno de la ciudad, y dos precandidatos alternativos, mencionados siempre: el canciller Marcelo Ebrard y el secretario de Gobernación, Adán Augusto López.

Tiene también un aspirante no incluido, cuidadosamente inmencionado por el Presidente: Ricardo Monreal, jefe de la bancada de Morena en el Senado.

Monreal no se descarta de la contienda y exige del Presidente y del partido un piso parejo, una elección interna democrática.

El Presidente lo que quiere es su socorrido método de una encuesta, modulable a voluntad. Esto que puede describirse con tan pocas palabras es el tablero de un pleito gigantesco, cuya esgrima enconada es parte del anecdotario de la sucesión oficialista todos los días.

La exigencia de piso parejo de Monreal es un desafío sacrílego a las reglas del juego establecidas por el Presidente.  Y la lucha campal entre la favorita y sus perseguidores sube de tono cada día.

La pregunta no es si Morena está dividida o no camino al 2024. La pregunta es si el Presidente podrá sofocar la división que ya existe en Morena o si la división se le saldrá de las manos.