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Dediqué ayer buena parte de la mañana a escuchar los intercambios del parlamento abierto sobre la reforma eléctrica. Fueron y vinieron tantas cifras encontradas y tantos diagnósticos incompatibles que al final era difícil saber qué era lo que se estaba discutiendo.

El verdadero debate era político y tenía que ver con dos viejas convicciones de la vida pública mexicana, plenamente reencarnadas en el discurso de los defensores de la reforma.

Primera convicción: los empresarios viven de amafiarse con el gobierno y extorsionar al pueblo de México; eso es lo que han hecho con su participación en la industria eléctrica: abusar, enriquecerse, recibir subsidios ilegales y delirantes a costa de la CFE. Segunda convicción: quien defiende realmente los intereses del país es el gobierno, en este caso la CFE, pues le pertenece a los mexicanos y no tiene fines particulares: vela sólo por el bien de la nación.

En la historia larga de la corrupción mexicana, la verdad es probablemente lo contrario: nadie ha tenido tantos intereses particulares y ha tomado, desviado o dilapidado tantos recursos de la nación como los responsables de gobernarla, y sus empresas… Son ellos quienes crearon el capitalismo de amigos característico de nuestro siglo XX, y los que crearon también, como socios o protegidos, a la parte del mundo empresarial que se hizo rico haciendo negocios con el gobierno.

Yo pensaría que los mexicanos son inmunes ya a las gesticulaciones del patriotismo burocrático, ese discurso hueco que presenta a algunas de las entidades más corruptas de nuestra historia, digamos Pemex o la CFE, como baluartes de los intereses de la nación. Lo dijo varias veces ayer el presidente del Consejo Coordinador Empresarial, Carlos Salazar: esta no parece una reforma a favor de México sino a favor de la CFE.

Esa es la vieja tonada, en efecto, que acompañó las defensas de la reforma eléctrica y que podría resultar convincente para un Congreso mareado por los efluvios de la utopía regresiva que baja de Palacio.

Me pareció que el fantasma de la cancelación del nuevo aeropuerto conque empezó este gobierno rondaba el debate de ayer, y que el fondo de la reforma planteada no es resolver los problemas de la industria sino, otra vez, establecer quién manda aquí.