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Las elecciones de 2018 aparecen hoy como una danza de partidos buscando alianzas o tratando de impedirlas para imponerse en las elecciones por un bajo margen y con un bajo porcentaje de votantes.

Hay, sin embargo, una división de fondo en esas elecciones y es la que significa Andrés Manuel López Obrador. En un sentido profundo las elecciones de 2018 serán un plebiscito “AMLO sí” o “AMLO no”, porque López Obrador es hoy el puntero a vencer y no plantea solo una renovación en el gobierno, sino una ruptura que supone revertir lo hecho hasta ahora por los gobiernos del PRI y del PAN. Lo hecho, en realidad desde 1982, como puede leerse en su libro La salida.

En 1982, según AMLO, habría empezado en México lo que él llama neoporfirismo y otros neoliberalismo, principio de la “decadencia de México” y de la entronización de la camarilla que según AMLO lo gobierna: “la mafia en el poder”.

López Obrador quiere volver atrás todo lo hecho desde entonces, empezando con las reformas constitucionales pactadas por el gobierno de Peña Nieto con el PAN y el PRD, en particular la reforma energética y la educativa.

La discusión en torno al cambio del proyecto de país no ha empezado a darse con claridad entre los partidos, siempre ocupados más de la plomería electoral que de los programas de gobierno. Pero “AMLO sí o “AMLO no” es el plebiscito informal que corre desde ahora bajo la superficie de los partidos hacia las elecciones mexicanas de 2018.

Ya hay indicios de que el debate se llevará a cabo de la más burda de las maneras, repitiendo que López Obrador es un peligro para México o una anticipación de Chávez.

La simpleza de esos alegatos no le quita verdad al dilema de fondo, al desafío de ruptura presente en la candidatura de AMLO.

No me refiero a una ruptura violenta, sino a una ruptura de proyecto de nación, presente no solo en los partidos, sino también en el campo de las creencias públicas y las convicciones encontradas sobre lo que México debe ser como país.

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