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Hasta hace unos minutos estuve en cama con treinta y nueve. No faltará el que diga ¡qué camota! Sólo que los 39 a los que me refiero no son personas sino grados Celsius. La fiebre hizo presa de mi persona. El problema que me provocó esa tremenda calentura y que me hizo caer en cama, según yo, que me rehúso a ir al médico, por el temor de que mi diagnóstico falle, es una vieja infección en la garganta que cuando yo fumaba no la dejaban manifestarse el alquitrán y la nicotina.

Hace seis años, dejé de fumar, luego de hacerlo durante medio siglo. (El mismo de la camota puede decir ahora ¡qué cigarrote!). Durante el tiempo que fumé, por supuesto con intervalos, entre cigarro y cigarro, que cada vez se hicieron más cortos, jamás padecí la famosa tos de fumador: ese movimiento convulsivo del aparato respiratorio que da por accesos violentos y sofocantes, durante los cuales el que los experimenta siente que su cuerpo se va a voltear como si fuera un calcetín.

En esos seis años en los que me he abstenido del tabaco, cada tres o cuatro meses paso una noche infernal en la que toso todo lo que no tosí durante los 50 años de adicción a la nicotina. Ya cuando entra la madrugada, invaden mi cuerpo un escalofrío acompañado de una temblorina, de magnitud de momento, escala logarítmica usada para medir y comparar el último sismo con el actual, cosa que no sirve para nada pero suena a algo científico. Para entonces ya tomé un antibiótico para la garganta en cantidades más exageradas que los bonos de un legislador. En cuanto cesa el movimiento sismo-somático, científicamente llamado tiritera, ataca la fiebre y con ella la pesadilla, la visión confundida con la alucinación.

Entre mis autores literarios favoritos tengo a Ambrose Bierce (1842-1914), cuentista y periodista estadounidense de obra aguda y satírica. Después de la guerra de secesión (1866) se dedicó al periodismo, el cual combinó con su obra literaria, compuesta de narraciones breves, con un particular humor trágico que linda entre el negro y el absurdo. En busca de aventuras y de material para su singular literatura, se internó a México, en 1913, siguiendo a las tropas de Francisco Villa. Nunca más se volvió a saber de él. Supuestamente murió en el sitio de Ojinaga en 1914.

En 1985, Carlos Fuentes publicó su novela Gringo Viejo, basada en la historia real de Ambrose Bierce. En 1989 se filmó la película basada en la novela de Fuentes, con el mismo título, y protagonizada por Jane Fonda y Gregory Peck.

Utilicé 137 palabras para comunicarle al lector que la noche de mi mal, antes que llegara el sueño y que éste fuera interrumpido por la tos y la tiritera, había yo leído algunos cuentos cortos del precitado autor. Razón por la cual, conjeturo, la pesadilla febril que posteriormente experimenté provino de la mezcla que experimenté de, cuando menos, tres cuentos del mencionado autor.

Del desasosegado lecho me levanté para plasmar lo que usted lee, no sin antes hacer algunos apuntes con el fin de que, como sucede la mayoría de las veces, la pesadilla o el sueño no se difuminara.

Trabajaba yo como reportero del periódico Malhechor Diario, en ese momento era yo solicitado, al apretar un botón, por el director. Los reporteros al ser requeridos bajamos encapsulados por un tubo tal y como hace tiempo bajaban los medicamentos en las farmacias. El director del diario no se parecía a Luis Miguel González, director de El Economista, sino a un prefecto que tuve en la secundaria que me caía mal y al que le faltaban tres semestres para salir del clóset. Los reporteros estábamos numerados, yo era el 216. Lo supe porque con ese número se dirigió a mí el director en cuanto salí del tubo. La misión que me encargaba era la de hacer un reportaje para denunciar que en el panteón local los residentes estaban mal alojados e insuficientemente vestidos y por lo tanto padecían frío. Es un hecho —me instruyó— que nunca los alimentan, si bien los gusanos se alimentan de ellos, y que se les permite a hombres y mujeres compartir los mismos lugares en detrimento de la moral pública.

Salí de las instalaciones del periódico al mando de una cuadrilla de soldados que llevábamos cuatro cañones de madera, según se nos dijo para entrenar con miras a la próxima guerra civil, con la condición de que si ésta comenzaba regresáramos la artillería de madera para que se nos cambiara por piezas de acero, con su correspondiente agujero.

El encargado del panteón al que iba yo a denunciar era un individuo idéntico a Donald Trump, si bien al del sueño,  le rondaban las moscas —panteoneras— alrededor de su cabeza. Enfrentados, le hacía yo ver la pésima condición en que tenía a sus huéspedes. El güerejo, con muy mal humor, me decía que el panteón era de él y pensaba bardearlo con el dinero que yo trajera y que no me dejaría salir. Envalentonado, le decía yo que eso estaba por verse y que, por lo pronto, se metiera su barda por donde mejor le cupiera y yo iba a denunciarlo en el periódico. Enseguida el individuo color naranja cambió de actitud y con gran cordialidad me dijo que sólo se trataba de un antepenultimátum.

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