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En un ritual que lleva siglos y que provocó una emoción y una esperanza indescriptibles, fue elegido Papa León XIV, el nuevo líder espiritual de mil 400 millones de católicos que se calcula que hay en el mundo.

Contra todos los pronósticos, eligieron a un gringo de nacimiento que por decisión propia obtuvo la nacionalidad peruana, Robert Francis Prevost.

No parece ser un Papa de la estructura sino de la calle, que no escaló puestos desde los pasillos romanos, sino recorrió pueblos pobres en el norte peruano y enfrentó con voz propia al poder, como cuando le pidió a Fujimori que pidiera perdón por las violaciones a los derechos humanos de su gobierno.

León XIV es de la orden de San Agustín —que pregona la vida comunitaria, la humildad y justicia social— y “discípulo” del Papa Francisco. Por algo, en su primer discurso, lo evocó dos veces, con afecto y gratitud.

Doctrinalmente no rompe, pero tampoco retrocede.

Se mantiene firme en los temas duros: contra la eutanasia, contra el aborto, crítico con la idea de ordenar mujeres. Pero habla de sinodalidad, de una Iglesia menos vertical, y se sabe heredero de la visión de su antecesor.

Como Francisco, León XIV cree en una Iglesia que no gira solo en torno a Roma, sino que escucha a los pobres.

Su elección no solo será un relevo sino cierta continuidad.

Si en temas internos ha buscado equilibrio, en asuntos globales ha sido claro.

Durante su tiempo como cardenal, Prevost usó su cuenta de “X” con moderación, pero de forma clara en temas sociales.

No publicaba opiniones propias con frecuencia, pero sí compartía artículos, homilías y comunicados que reflejaban una postura crítica frente al discurso antimigrante estadounidense.

Retuiteó mensajes alertando sobre el miedo de los niños a ser separados de sus padres, textos de apoyo a los dreamers y editoriales que advertían sobre el uso de lenguaje estigmatizante desde el poder.

En febrero, el ahora Papa reaccionó a las declaraciones del vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance, quien sostuvo que el amor cristiano debe ordenarse primero hacia la familia, luego al prójimo, después a la comunidad, a los conciudadanos, y solo al final al resto del mundo.

El entonces cardenal compartió un artículo titulado “JD Vance está equivocado: Jesús no nos pide que clasifiquemos nuestro amor por los demás”, marcando su distancia con ese enfoque, y al parecer, con el dogma trumpista.

En México, donde las formas también son fondo, el primero en opinar fue Ricardo Monreal.

Con el tacto de un chivo en cristalería, salió a “felicitar” al nuevo Papa, recordando que fue acusado de encubrir casos de pederastia: “Prevost también carga con controversias. He leído de él, acerca de él, dado que, durante su gestión, el tiempo que duró en Perú, la gestión fue cuestionada por encubrimiento en algunos casos dentro de su diócesis. Aunque nunca hubo denuncias formales, nunca hubo cargos sino mediáticos”.

O sea: nada. Pero su dicho quedó registrado.

Dicho por el mismo Ricardo Monreal que, cada vez que puede, presume su devoción por el Santo Niño de Atocha, pero que ese día decidió matizar su fe con una dosis de imprudencia selectiva.

El Vaticano ya había cerrado ese capítulo, pero Monreal prefirió resucitar lo que no tenía cuerpo, ni causa, ni contexto. Como quien quiere parecer equilibrado y termina pareciendo oportunista.

Y es que en política no todos se resisten el reflector ajeno.

Monitor republicano

Hace meses, un obispo mexicano me dijo que estuviera alerta sobre el Cardenal Prevost. No en balde la Iglesia ha vivido más de dos mil años.

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