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Celebraría la decisión del Senado de otorgar la medalla Belisario Domínguez a Gonzalo Rivas, un hombre que arriesgó y perdió la vida para evitar la de otros.

Sería un acto heroico, extremo, de solidaridad. No hay nada en la historia reciente de México que pueda igualarlo.

Hay ejemplos vecinos, registrados por la prensa, como el de las mujeres que durante años lanzaron alimentos al paso del tren de migrantes que cruzaba su pueblo: Las Patronas.

Hay el caso del ciudadano sin atributos, llamado Cayetano, que acudió al incendio de la guardería del ABC en Hermosillo, y alcanzó a rescatar, bajo riesgo de su vida, a dos infantes que de otro modo hubieran muerto bajo el fuego.

La medalla a Gonzalo Rivas sería también para ellos, y para todos los casos similares de desprendimiento y generosidad bajo peligro.

Extendería el sentido de este reconocimiento a los millones de mexicanos anónimos que todos los días incurren en ejercicios de extremo esfuerzo personal.

Hay algo que sucede todos los días en nuestra sociedad que se parece al gesto heroico de Gonzalo Rivas.

Me refiero a la naturalidad del esfuerzo con que los mexicanos de a pie cumplen todos los días con las muchas exigencias de su trabajo. La mayor parte de esos mexicanos se toman trabajos enormes, en algún sentido heroicos, para ir a trabajar.

Millones de mexicanos, por ejemplo, cruzan cada día Ciudad de México para llegar a su trabajo. Se toman un trabajo enorme para tener un trabajo decente.

De la naturalidad cotidiana de estos esfuerzos está hecha la gran fibra de moral, práctica, cotidiana, de México

Son estos millones de mexicanos los que preservan el tejido social en el que está asentada la estabilidad, invisible y profunda, de nuestra vida.

Nada de esa conducta colectiva es pensable sin el fondo de responsabilidad y valentía que resume el caso de Gonzalo Rivas.

La medalla Belisario Domínguez podría ser entregada esta vez al héroe conocido de una epopeya anónima; el fondo de valor y solidaridad que teje todos los días la vida buena de México.

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