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El ímpetu antisistema vuelve a hacerse patente en Europa. El domingo, en Francia, Emmanuel Macron del movimiento proeuropeo ¡En Marcha! ganó la primera vuelta de las elecciones, seguido muy de cerca por Marine Le Pen del Frente Nacional (FN). La presidencia de Francia se debate ahora entre dos grupos ajenos a la política tradicional.

Aunque el FN no alcanzó el primer lugar que le daban las encuestas, obtuvo un resultado histórico gracias al repudio a la migración y a la globalización. A Macron, postulado como candidato independiente hace apenas cinco meses, le benefició el rechazo a los políticos de siempre y la crisis de los partidos.

Escándalos de corrupción y nepotismo sacaron al republicano François Fillon de la segunda vuelta electoral. En tanto, el castigo a la gestión de Hollande y la mala campaña de Benoît Hamon llevaron a los socialistas a su peor desenlace desde 1969, con menos de un tercio de los votos conseguidos por el recién creado movimiento de izquierda Francia Insumisa.

Francia evidencia la crisis de los partidos históricos como ya lo hizo España, donde la indignación por la crisis de 2008 y la corrupción en el PP y el PSOE permitieron que Podemos y Ciudadanos acabaran con el bipartidismo.

Pero ni la crisis, ni los escándalos políticos explican tal desplazamiento de los partidos tradicionales. En México adolecemos de lo mismo y no hemos vivido una sacudida comparable.

Sí, el triunfo de El Bronco al gobierno advertía que la oferta independiente podía desplazar a los partidos. No ha sido así ni se prevé de cara a 2018.

También es cierto que Morena es un partido reciente, como los emergentes europeos, pero en este caso no estamos ante nuevos liderazgos.

Un escenario como el de Francia o España solo se explica si además de las crisis hay un sistema legal que no entorpezca la formación de nuevos partidos, movimientos o candidaturas independientes. No es el caso de México, donde enormes obstáculos legales e inequidades a favor de los partidos registrados hacen muy desalentadoras esas opciones.