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Indudablemente las peores limitaciones –y persecuciones–, a la libertad se han presentado siempre en nombre de la defensa de la libertad.

En el año de 1570, el 16 de agosto, Felipe II expidió una real cédula para instituir en la Nueva España, el Tribunal del Santo Oficio, y terminar con quienes se obstinaban en sus “errores y herejías” y comunicaban “falsas opiniones”, “…divulgando y esparciendo diversos libros heréticos y condenados…”

Para tal fin, cuyo ejercicio llenó de sombra la historia de la Iglesia Católica, fue designado Don Pedro Moya Contreras, quien había sido inquisidor en Murcia.

Ayer, en el último día del mes de junio, el gobierno de la República instituyó el equivalente a un Tribunal de la Verdad: una maquinaria partidaria y tendenciosa, cuya finalidad es abatir la crítica y la opinión, cuando estos ejercicios del pensamiento y la libertad, no se ajusten, obviamente, a la alabanza de las decisiones presidenciales.

Y todo se hace en el nombre de la verdad. Antes y ahora.

En el siglo XVI, tan lejano en apariencia, se pretextaba “el ensalzamiento de nuestra santa fe católica”, hoy se dice:

“…que el noble oficio del periodismo sea un imperativo ético; además, que se asuma la responsabilidad de que se le debe respeto a la gente, que no se puede mentir impunemente…”

Y si “impunemente” significa sin castigo, justo es preguntar ¿cuál será la pena para quien –de acuerdo con el entendimiento del tribunal–, haya mentido o engañado?

¿Bastará con esta exhibición pública de perjurio (sin pruebas) para satisfacer el ansia justiciera del tribunal encabezado por Ana Elizabeth García Vilchis o sus señalamientos y “sanbenitos” y capirotes, son el preludio de persecuciones de otra naturaleza?

No lo sabemos pero no sería extraño.

Finalmente cuando (vuelvo a Don Felipe II), hay algo “…de lo cual se ha seguido gran daño y detrimento a nuestra Santa Fe católica e otros increíbles escándalos y movimientos y como se tenga tan cierta noticia y experiencia que el verdadero remedio de todos estos males, daños y incovenientes consiste en desviar y excluir del todo la comunicación de las personas heréticas…”, la única variedad en el razonamiento es la finalidad, no el procedimiento.

Ayer, la inquisidora presidencial nos dio una prueba de su objetividad y método. Dijo como signo de falsedad y perfidia en la información publicada, algo digno del Cardenal de Sigüenza o el ya dicho Pedro Moya de Contreras:

–¿Y qué fue la vida y la obra de Jesús Cristo?, ¿no fue la justicia?, ¿no fue ayudar a los desposeídos, a los pobres, a los humildes?, ¿no lo seguían y espiaban, y lo crucificaron por eso? Entonces, ¿qué es la religión si no es humanismo?, ¿qué es?

“Entonces, ya fuera máscaras, acepten públicamente. Si no van a reflexionar en la intimidad y buscar cambiar, pues que se acepte que el dios de los oligarcas y de los que piensan de la misma manera es el dinero, es lo material…”.

Una recitación bien aprendida.

PRI

Quizá porque nadie cambia en lo fundamental. Posiblemente la genética supere a la voluntad o ésta se nutra de aquella pero el ataque vandálico de ayer perpetrado por Ulises Ruiz y sus “porros” contra la sede del PRI, nos remite a los sillazos de los pepenadiores políticos, en los peoress momentos del pasado cercano.

La política no es el arte de la pedrea o la paliza. Y la salvaguarda del orden público no se cumple en medio de la desinteresada contemplación de los ataques y los destrozos.

¿Nadie pudo intervenir para detener a los hombres y mujeres armados –hasta con pistolas–, por Ulises y su pandilla? ¿Todavía se pueden admitir las explicaciones de una manifestación pacífica, cuando a todas luces no es sino una salvajada?

Lo peor será la inmunidad de quien impune exhibe y repite los métodos de su pasado.