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Para que no quede duda, primero quiero alejarme de los intereses electorales, no comulgo con los demócratas ni con los republicanos; si durante años he evitado comprometerme con algún partido político en México que es donde vivo, con más razón en Estados Unidos, donde sólo voy de visita de vez en vez. Para muchos, la próxima elección en ese país es solamente un plebiscito sobre si eligen a una persona como Trump con sus incoherencias, sus groserías y sus verdades (porque muchas de sus críticas dan en el centro a un sistema anquilosado y con muchas corrupciones) o deciden decirle que no y prefieren a Hillary Clinton, que sería no sólo la primera mujer presidenta sino que lograría que por primera vez su partido, el Demócrata, gobernara tres periodos consecutivos, porque nunca lo ha hecho. Aunque Clinton parece tener ventaja y eso a algunos los tranquiliza, a mí no, porque la historia no acaba en noviembre del 2016 y esto apenas empieza.

Creo que ver la elección en EU como una simple decisión de quién encabezará el próximo gobierno es simplificar mucho; estamos viendo el nacimiento de una corriente de pensamiento que puede cambiar al mundo, una corriente basada en el odio antes que en la paz, una corriente que cosecha, revuelve, alimenta y aprovecha todos los corajes acumulados y todos los deseos reprimidos, pero que no lo hace para todos los ciudadanos, como sería cualquier campaña electoral tradicional, sino que construye un mensaje centrado en un nacionalismo peligroso. La victoria o la derrota de Trump no acabará con esta corriente que él inicia en su país, que no es cualquier país, incluso ya su presencia parece no ser necesaria; el punto es que el racismo latente, el machismo que estaba oculto, la discriminación “políticamente incorrecta” como a veces le llaman ahora son aceptados como una forma de hacer política, la política que debería estar concentrada en tender puentes de entendimiento y que ahora es aplicada para destruir esos puentes y sustituirlos por muros, no el absurdo muro que propone construir y que es sólo un símbolo de su pensamiento, sino muros mentales para dividir formas de pensar, dividir razas, dividir religiones.

Conozco muchos que defienden a Trump, incluso latinos, hasta mexicanos; argumentan razones más de hartazgo al sistema que del futuro que él representa, les importa poco su nula preparación para ser presidente o su ausencia de propuestas reales para dirigir a un país, les urge una señal de venganza, alguien que se atreva a decirle sus verdades a un sistema ineficiente y a políticos aburridos, tradicionales, sin chispa y sin imaginación. Para esos defensores de Trump el ser como es lo hace merecedor del voto. A mí me importa poco eso, no tengo grandes ilusiones para el futuro de los millones de mexicanos viviendo en ese país con cualquiera de las dos opciones, pero sí me preocupa que en EU no entiendan el tobogán en el que están cayendo; más allá del resultado, me asusta que más de 4 de cada 10 estadounidenses estén dispuestos a aceptar que un discurso basado en el odio sea el que predomine en sus dirigentes.

¿Que son la raza destinada a cuidar al mundo? ¿que perdieron su grandeza y que deben recuperarla? ¿que los migrantes han traído más perjuicios que beneficios? ¿que quienes tienen otras religiones son peligrosos porque hay terroristas que la profesan? Cuando veo estos argumentos no puedo olvidar la analogía con el pasado, con el discurso del peor dictador en la historia del mundo, con las promesas de grandeza y de pureza que Hitler hacía en la Alemania de la década de los 30 del siglo pasado y que lo hizo ganar, eso sí democráticamente, las elecciones y después instaurar un régimen de terror que tenía cegados a sus gobernados y oprimidos a quienes no eran de su raza, de su religión o simplemente de su gusto.

No sé hasta dónde llegue, no sé si gane o pierda, pero creo que si el mundo hubiera visto a tiempo el nacimiento del nacionalsocialismo, se hubieran podido evitar muchas tragedias. Por lo pronto, espero que no gane, deseo que no gane, para eso es necesario que invitemos a cuantos conozcamos a votar en esta ocasión por Hillary; después, en cada elección que hagan lo que quieran, pero en esta coyuntura son necesarios los votos de los latinos en muchos estados, en los competidos como Nevada, Florida, Colorado y hasta Texas, por ejemplo, pero no sólo latinos, invitemos a todo estadounidense a hacerlo así.

Ahora bien, si gana Hillary Clinton y el sistema no cambia, esta nefasta corriente persistirá y la veo venir de nuevo en 4 años con más fuerza; por ello, en caso de ganar la Presidencia, ella debe modificar muchas cosas, asumir como ciertas muchas de las realidades que han servido a Trump de plataforma; ayudar al desarrollo de Latinoamérica y de otras regiones es, por ejemplo, la única forma de disminuir la migración.

Para quien dice que Trump sólo es un hablador inofensivo, les recuerdo un concepto de Sigmund Freud: “Las palabras son capaces de despertar las emociones más poderosas e incitar todas las acciones del hombre”. Con Trump o sin Trump, estamos ante el surgimiento de un discurso destructivo para toda la humanidad. Ojalá la buena política se imponga a la intolerancia.