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No había nadie más contento con la presidencia de Donald Trump que las grandes empresas que gozaron desde el primer año de esa administración de una baja de impuestos que no se había visto en ese país desde que el también republicano Ronald Reagan había regalado lo mismo a los más ricos.

Un regalazo para los contribuyentes, sobre todo los de mayores ingresos, de 1.5 billones de dólares. Con un costo de 1 billón de dólares adicional al déficit presupuestal de Estados Unidos.

Pero no importaba tanto, era la forma de hacer grande a Estados Unidos otra vez (Make America Great Again) y Trump lo podía hacer después de casi una década de recuperación y corrección fiscal emprendida por el gobierno de Barack Obama.

Sin embargo, a estos populistas se les atravesó la pandemia y eso trastocó sus alocadas transformaciones.

Y en un movimiento pendular Estados Unidos pasó del amante del carbón de Donald Trump, al campeón de las energías limpias, Joe Biden. Ese país dio un bandazo de tal magnitud que apenas empezaremos a ver las consecuencias.

Claro, en 100 días de esta administración y con el tamaño del bono democrático que el propio Trump le regaló a Biden con aquel intento de tomar el Capitolio, no ha habido más que miel sobre hojuelas.

Cientos de millones de vacunados, miles de millones de dólares repartidos, el regreso de lo políticamente correcto y el final de los exabruptos de alguien tan impresentable como el expresidente republicano Trump.

Pero llegó el momento de incomodar al respetable con el toque demócrata de las políticas públicas.

La justificación tendría que ser aceptada por unanimidad. Un plan de 1.8 billones de dólares directos a la educación y para la infancia. Pero cuando ese y todos los otros programas de gasto tienen que fondearse en mayores impuestos, es cuando llegan las incomodidades.

Porque, así como Trump regaló el mayor recorte de impuestos en 30 años, así Joe Biden reincorpora los mayores incrementos en las contribuciones en varias décadas.

La carga mediática contra el Presidente demócrata no se ha hecho esperar. No le van a pasar por alto el más mínimo error y es imposible que no lo aderecen con toda esa letanía de calificativos de ser un presidente socialista.

Biden tiene la misma ventaja que en su momento tuvo Donald Trump, un Congreso donde sus partidos son mayoría, lo que facilita el tránsito de muchas leyes.

Pero a diferencia de otras naciones bananeras, donde sólo hace falta la voluntad de un sólo hombre para que los sumisos diputados no cambien ni una coma, allá sí se tiene que cabildear con propios y extraños si se quiere conseguir el éxito de la agenda de cambios legislativos.

Claro que fue un problema financiero para Estados Unidos un recorte de impuestos del tamaño del que recetó Trump y claro que lo será un aumento de impuestos del tamaño del que propone Biden.

Pero eso es lo que ocurre en aquellos países que tienen movimientos tan bruscos, tan pendulares, en los estilos de sus gobernantes.