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Lo primero que presumió Donald Trump es que todas las operaciones militares de Estados Unidos de los últimos días han sido bajo su dirección.

Ésas eran palabras para los votantes en el arranque de este año electoral. El mensaje no verbal con el mismo fin de impresionar a sus fellow americans fue ese atrio presidencial, flanqueado por altos funcionarios y militares que entraron a escena por un costado y fueron mudos testigos de cómo se abría la puerta principal por la que se colaba el destello del sol matutino y la imagen imperial del presidente avanzando hacia los micrófonos.

Pero más allá de esta muy bien lograda puesta en escena, Donald Trump dejó muy en claro por qué, aparentemente, ganó la partida en este conflicto, habitualmente pasivo, que tiene con el régimen iraní.

Claro que habló de la preparación que tienen sus fuerzas armadas y de sus misiles supersónicos. Pero el dato más importante que dio de por qué se puede meter al Medio Oriente, asesinar a uno de los generales más importantes del régimen de Teherán y no tener en apariencia mayores consecuencias es porque ahora Estados Unidos tiene petróleo.

Claro que los países del golfo Pérsico y su abundante producción de hidrocarburos son indispensables para mantener el equilibrio en los precios internacionales de la energía. Pero no tienen la fuerza que tuvieron en el pasado para controlar, con ese flujo de crudo, el destino de Estados Unidos.

En 1973, un buen grupo de esos países decidió cerrar la llave de suministro de petróleo a occidente y provocó una gran crisis energética en Estados Unidos, que derivó en una recesión.

Hoy eso no le ocurriría a Estados Unidos, porque hoy producen más hidrocarburos de los que consumen. El problema sería para sus aliados europeos, que serán eternamente dependientes de esos energéticos fósiles.

Este cambio en los equilibrios energéticos y financieros le da al gobierno de Washington un elemento muy importante para mantener su política del policía del mundo. Cerró un flanco muy débil.

Hay que ver el comportamiento que tuvieron los mercados financieros durante esas horas en que fluían las primeras noticias del contraataque iraní a instalaciones militares estadounidenses en territorio iraquí.

Baja en las bolsas de valores, depreciaciones cambiarias, incrementos verticales en los precios del oro y del petróleo. En fin, el escenario de la incertidumbre de no conocer los alcances del ataque y sus consecuencias.

En las horas siguientes, cuando se conoció de la “mala puntería” iraní, de la ausencia de víctimas y del “todo bien” de Trump en Twitter, vino un regreso casi a la misma velocidad que el incremento.

La imposición de más sanciones económicas a Irán, la amenaza de no permitir que nunca ese país tenga un arma nuclear, los calificativos de Estado terrorista, todo eso es parte de la habitual tensión entre estos dos países.

No sabremos realmente si el gobierno iraní se dé por satisfecho con su ataque con misiles, pero sí parece que no tienen deseos de una guerra con Estados Unidos. Así que hoy esa autonomía petrolera parece apuntarle un triunfo a Donald Trump y de paso a su campaña política.