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Increíble, la respuesta dada por el gobierno a sus espiados con una tecnología llamada Pegaso que solo el gobierno federal o sus agencias pueden tener. Les piden que entreguen para su revisión precisamente los teléfonos espiados.

En vez de iniciar una averiguación interna de quién usó el sistema en los casos denunciados, el gobierno se voltea hacia los agraviados pidiéndoles una colaboración que redondea el agravio: la entrega precisamente de la prenda que el gobierno ha espiado.

Es increíble que a estas alturas del desmandado espionaje público y privado mexicano no haya una instancia institucional, un juez, un ministro de la Corte, un grupo parlamentario, que salga a la arena a exigir una averiguación pública de lo que sucede con la privacidad de sus ciudadanos.

Jueces, legisladores, periodistas, empresarios, gobernadores, el Presidente mismo, la clase dirigente del país, han naturalizado la certidumbre de estar siendo violentados en su privacidad, tomando ante este hecho las precauciones más rancheras imaginables.

La mayor de esas precauciones es una disminución voluntaria de la libertad de hablar o de hablar libremente por teléfono, en juntas y comidas y aún en reuniones familiares o amistosas donde el teléfono de cualquiera puede estar sirviendo de  micrófono para un interesado grabador.

Pienso que del escándalo Pegaso debería desprenderse alguna forma de investigación seria y de reparación del agravio, incluyendo el despido de los responsables y su inhabilitación para la función pública.

Pero sería la hora de algo más serio y de mayor densidad institucional, algo como una amplia investigación del Congreso sobre el estado que guarda el espionaje en México, una especie de libro blanco del tema que conduzca a una legislación moderna en la materia, y registre, regule y penalice a los espías de manera que los ciudadanos puedan tener  la protección de que hoy carecen.

Vivir bajo la sospecha de ser espiado es la emoción represiva característica de los estados policiacos. México no es un estado policiaco, pero una buena parte de sus ciudadanos viven su vida cotidiana como si lo fuera.

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