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El escándalo es tan cotidiano que se ha vuelto invisible. Cada vez más, en círculos de gente que se cree importante o lo es, los teléfonos celulares son tratados como un riesgo de estar siendo grabados, como micrófonos sembrados por enemigos.

Entre quienes hablan por teléfono se ha hecho habitual la frase: “No te lo puedo decir por aquí. Lo hablamos cuando nos veamos”.

Y, cuando se ven, ponen sus celulares en otra habitación para asegurarse de que no los graben.

En todas las oficinas públicas de algún peso es normal que los celulares sean recogidos antes de empezar una junta o una conversación.

He visitado cuatro oficinas donde me han recogido el teléfono. En dos de ellas había además una estación de radio con volumen suficiente para dificultar nuestra propia conversación. Era para entorpecer las grabaciones de terceros.

En un desayuno con un connotado empresario, lo primero que pasó el mesero fue una caja donde poner los celulares.

El temor al espionaje, mejor dicho: la certidumbre de estar siendo espiado, rige la conducta telefónica de todo el que cree que lo quieren grabar. Porque si quieren, pueden.

El hecho tecnológico es que el espionaje está al alcance de innumerables agencias públicas y privadas.

El hecho cotidiano es que innumerables instancias públicas y privadas graban impunemente a quien quieren.

Las compañías telefónicas no ofrecen ningún blindaje contra esto, ni parecen preocupadas por ofrecerlo. Las autoridades viven en la prehistoria tecnológica para defender al ciudadano y en el abuso hipertecnológico para vigilarlo.

Nada previenen las autoridades en la materia. Nada castigan tampoco, cuando aparecen en los medios evidencias de grabaciones ilegales, hechas y divulgadas con la clara intención de dañar al grabado.

No tengo nada que proponer al respecto, porque entiendo que toda propuesta de contención del espionaje telefónico hoy por hoy es ilusoria en México.

Quiero solo dejar constancia de que vivimos en un virtual estado de sitio de nuestra libertad de hablar por teléfono, una especie de dictadura de mil cabezas, capaz de escuchar, si se lo propone, todo lo que decimos.

Nuestro mayor aliado en materia de conectarnos con los demás ha sido convertido en México en la principal fuente de violación de nuestra privacidad.

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