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Las historias de un escritor solo valen la pena si tienen una resonancia adicional en la memoria. La resonancia tiene que ver con muchas cosas, pero siempre con el hecho de que las historias tienen doble fondo, es decir, de que cuentan al menos dos historias. Una visible, tangible, legible; la otra, sugerida, oculta.

En toda obra de arte narrativa hay siempre estas dos historias: la historia que se narra y la que se sugiere.

El arte de escribir consiste quizá en que la historia narrada deje ver intermitentemente la historia que está detrás, la verdadera historia apenas dicha.

Es imposible sugerir bien la historia que está detrás sin contar bien la que va adelante. Pero sin la sombra de la historia que va detrás, la pura eficacia de contar no tiene resonancia.

La manera más corta de darle sentido a la historia que va adelante es haber respondido cabalmente de qué se trata la historia que va detrás.

Creo haber leído en algún sitio que Tolstoi resumió la historia que hay detrás de su increíble Sonata a Kreutzer con una palabra inesperada pero profundamente ordenadora de su relato: lujuria.

Leído desde esa palabra, el relato tiene una unidad interna extraordinaria que quizá va al fondo de la verdad artística: la revelación de un hecho simple y fundamental de la vida humana desplegada a la manera única, inimitable de cada narrador.

Los narradores tienen que saber qué quieren decir profunda y simplemente atrás de la complejidad de su historia. Y dejar ver esa intención secreta cada tanto en las distintas peripecias de lo que cuentan.

¿Cuáles son las palabras ocultas, simples, radicales que ordenan Madame Bovary o Cien años de soledad?

No lo sé, pero estoy seguro de que los dos escritores las tenían al lado en cada fase de su escritura.

En Flaubert algo así como transmitir la estupidez de las ilusiones. En García Márquez algo así como transmitir la nostalgia del edén perdido.

Los escritores deben poder decirse a sí mismos las palabras esenciales que guían sus narraciones, porque sin esa sombra impronunciable de lo universal que hay detrás de cada obra de arte narrativa, la narración puede desembocar en una simple peripecia.