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Estados Unidos enfrentó la pandemia como solamente esa enorme economía lo puede hacer. Destinaron miles de millones de dólares para desarrollar y contar con las vacunas anti Covid-19 tan pronto como pudieran ser desarrolladas.

Implementaron programas fiscales y monetarios extraordinarios para que sus ciudadanos paliaran sus propias crisis derivadas del confinamiento por la pandemia. Pero todo eso deja facturas por pagar.

Estados Unidos es esa enorme máquina con la capacidad de corregir rápidamente sus déficits y como líder mundial de los mercados financieros, tiene el dólar que puede manipular a su mejor conveniencia.

Sólo que la pandemia trajo muchas más consecuencias de las visibles. Las primeras son directamente relacionadas con la salud, las muertes, las incapacidades y las secuelas que ya marcaron a estas generaciones.

Pero en lo económico, la parálisis global de las actividades productivas provocó cuellos de botella que en la recuperación fueron determinantes para provocar, entre otras cosas, las presiones inflacionarias que acompañaron al inicio de la recuperación.

La falta de una rápida solución a esa oferta limitada asentó la idea de un ambiente de más inflación entre los consumidores estadounidenses que siempre mantuvieron una buena liquidez, primero por las transferencias gubernamentales y después por la recuperación económica.

El panorama inflacionario se complicó por múltiples rebrotes del SARS-CoV-2 y por la invasión rusa a Ucrania.

México debió seguir a Estados Unidos en ese proceso de mantener un mercado interno relativamente sano. Pero no, este régimen dejó solos a sus ciudadanos y cayeron como ningún otro país de la condición del nuestro. Así, este país fue de los ciudadanos en recesión a los ciudadanos en estanflación.

Estados Unidos logró durante el año pasado no sólo recuperase de la recesión del 2020, sino apuntarse una buena tasa de crecimiento. México no.

Para que este país regrese a los niveles del Producto Interno Bruto (PIB) previos a la pandemia habrá que esperar, al menos, el resto del sexenio.

Hoy, en Estados Unidos, con un mercado laboral muy cercano de nuevo al pleno empleo, la principal preocupación es superar lo más pronto posible la inflación persistente.

Eso implica el tomar medidas totalmente opuestas a las adoptadas para superar la recesión del 2020.

Eso va a dejar una factura económica que hoy, ya se adelanta, podría ser una nueva recesión en el 2023.

Un escenario de resultados negativos en el comportamiento económico en una economía que ya superó la crisis derivada del confinamiento y que logró tener altas tasas de crecimiento sería una nueva recesión, que sí sería muy cercana a la anterior, pero ciertamente tras un ciclo de subida.

En México no. Estados Unidos podría influir en la economía mexicana para que vuelva a los registros negativos en su economía antes de haber logrado la recuperación de la gran recesión del 2020.

Si este país llega al 2023 todavía con niveles altos de inflación, con una economía con tasas de crecimiento insuficientes para recuperar lo perdido y vuelve a una condición de recesión, difícilmente se podrá evitar un efecto político.

Está muy claro que este régimen funciona por feligresías, pero incluso los más leales a estos modelos populistas llegan a pedir cuentas sobre las malas condiciones de sus finanzas personales.