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Todo empezó el 31 agosto pasado, cuando la Secretaría de Hacienda y el Banco de México decidieron terminar, así fuera de forma gradual, con el esquema de coberturas cambiarias que eran como una especie de red de seguridad para que en los mercados hicieran piruetas en el aire con la cotización peso-dólar y garantizar un aterrizaje suave.

Efectivamente, una moneda tan líquida y en un mercado libre no debería tener ese tipo de seguros subsidiados por un gobierno, pero esa estrategia, que la verdad estaba olvidada por la mayoría del público en general, era un seguro para mantener contento al presidente Andrés Manuel López Obrador y una de sus presunciones favoritas: la fortaleza del peso frente al dólar.

Claro que cuando las autoridades fiscal y monetaria decidieron tomar ese paso tan neoliberal y tecnócrata no había, para nada, las condiciones de turbulencia y aversión al riesgo que hoy están presentes.

Aunque, la verdad, hace 40 días ya se podían apreciar las presiones inflacionarias en Estados Unidos, con ellas predecir una reacción de la Reserva Federal, y deducir que eso pondría intranquilos a los mercados.

Y aquí estamos, poco más de un mes después con el tipo de cambio tocando la puerta de los 19 pesos por dólar, tras aquellos 16.70 de finales de agosto.

A López Obrador se le está depreciando el peso entre las manos y lo peor es que su Secretaría de Hacienda ayudó en ese retroceso. Claro, el Presidente seguirá repitiendo que el peso es la moneda que más se ha apreciado frente al dólar, porque al público al que le habla sólo le importa su homilía, no la realidad.

Lo cierto es que esta depreciación acelerada, que ya alcanza 10% en 40 días, puede tener consecuencias financieras e inflacionarias.

Lo primero que queda en entredicho, con todos los efectos internacionales de la situación financiera de Estados Unidos y las tensiones geopolíticas, es la viabilidad de los supuestos económicos para el 2024 que planteó el gobierno federal al Congreso.

Si ya había dudas de poder crecer hasta 3.5%, con un tipo de cambio promedio en 17.10, una inflación de 4.5% y demás, hoy parecen metas incompatibles con un sano financiamiento del descomunal déficit presupuestal estimado en 5% del Producto Interno Bruto.

Las decisiones de ingreso y gasto que se asuman en el Congreso, básicamente por parte de la mayoría de los legisladores alineados al gobierno, marcarán el destino financiero de los mercados mexicanos.

Si se insiste en la imprudencia fiscal con tintes electorales en estos tiempos turbulentos, los mercados habrán de ubicar a México del lado de los lugares que hay que evitar al máximo en estos tiempos.

Es difícil oponerse a la decisión de haber eliminado las coberturas cambiarias oficiales, porque ahora el mercado es más libre. Pero no hay duda de que les falló la oportunidad de tal medida, por desconocimiento y, sin duda, mala suerte.

Pero lo que está claro es que hay todavía la oportunidad de mandar mensajes más tranquilizadores a los mercados si se moderan los afanes populistas del Paquete Económico y se opta por la verdadera prudencia que acompañe a estos tiempos de inesperada turbulencia financiera global.