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Obsesionarse con el control de los mercados de los energéticos es tan absurdo como querer controlar el tipo de cambio en un mercado abierto. Y ambas son dos obcecaciones de la actual administración.

Por fortuna ya no habla el Presidente del tipo de cambio, porque lo presumía cuando estaba en niveles inferiores a los 20 pesos por dólar como un logro de su gobierno. Ahora, unas semanas después, que el peso se ha depreciado hasta niveles cercanos a los 21 nadie quiere ver a López Obrador ordenando algún mecanismo de control de cambios para tener su peso fuerte.

Es lo mismo que sucede con los energéticos, pero aquí si hay una fijación muy peligrosa.

Estructuralmente el peligro mayor, por ahora, está en la contrarreforma energética que plantea un retroceso para el sector eléctrico, petrolero y minero que condenarían a México a aislarse de un mundo que exige eficiencia y energías cada vez más limpias.

En lo que se define el futuro de esta iniciativa presidencial en el Congreso, hay una crisis energética en marcha en el mercado del gas licuado de petróleo (LP).

En todo el mundo hay una contingencia económica por los bajos niveles de producción de combustibles y sus altos costos. Los altos precios de los energéticos afectan a todas las economías.

China tiene cuellos de botella en su industria, Europa enfrenta altos costos de la electricidad, Estados Unidos batalla con la inflación y México, además de todo esto, lo complica con decisiones políticas impertinentes.

El control de precios de la 4T en el mercado del gas LP, que ha castigado los márgenes de operación y ganancia de los distribuidores del combustible, no sólo ha generado las movilizaciones y bloqueos de los últimos días sino el cierre, de acuerdo con la Asociación Mexicana de Distribuidores de Gas Licuado de Petróleo, de 10% de las rutas de distribución en todo el país.

El control de precios no ha impedido que sigan subiendo los precios del gas, pero ha impuesto lastres a los gaseros para que mantengan su actividad rentable.

El producto más caro es el que no está disponible en el mercado y si hablamos de un combustible tan básico como el gas doméstico podríamos estar en la antesala de una crisis social si aumenta el número de repartidores que opta por no trabajar ante las pérdidas en su actividad.

El gas no va a bajar de precio pronto, viene el invierno.

México produce apenas 40% del gas que se consume en el mercado doméstico y su propagandístico Gas Bienestar, además de que también ha subido fuerte sus precios, sólo reparte unos cuantos cilindros en la alcaldía Iztapalapa de la Ciudad de México.

Que hoy los combustibles estén caros no es culpa ni de los neoliberales ni de la 4T, es una realidad mundial. No vale la pena comprar ese pleito y comprometer recursos fiscales o a las cadenas productivas para quedar políticamente bien.

Limitar al mercado con precios tope acaba por dañar más a los consumidores en el mediano y largo plazos y pretender que México regrese al modelo fracasado de los monopolios energéticos en estos momentos de la vida nacional pinta más como un intento de suicidio de la economía mexicana.