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El sistema público de salud atiende a más de 100 millones de pacientes, asalariados o no. En el IMSS están inscritos más de 13 millones de trabajadores, en el Issste casi tres: 16 millones en total que, con sus familiares amparados, alcanzan una demanda superior a 70 millones, mientras los hospitales y clínicas de Pemex y las fuerzas armadas atienden alrededor de 1.2 millones de pacientes. Y más: gracias a Vicente Fox y el Seguro Popular, los casi 50 millones del resto de la población acceden a servicios clínicos elementales.

Con ese contexto, entre las decenas de millones de casos satisfactoriamente resueltos y la cotidiana prestación tumultuaria del servicio público de salud, se dan los excepcionales papelazos de malos tratos, atenciones deficientes, equivocaciones y negligencias (inclusive letales) que justifican la crítica para que el sistema todo sea cada vez mejor.

El breviario viene a colación porque, hace dos lunes, a una señora que estaba a punto de parir se le negó servicio en el Hospital Comunitario de Magdalena de Kino, Sonora, y tuvo que alumbrar en su automóvil (asistida por el marido).

Ignoro las razones por las que no fue atendida, pero no que la pareja regresó a la institución con la criatura (cuyas primeras bocanadas fueron de aire frío y presentaba algún problema de respiración), a la que de inmediato se le auxilió y vivirá para contarlo.

Ante la falta de disponibilidad de incubadoras (si las hay debieron haber estado ocupadas), el personal médico, paramédico, de enfermería, de mantenimiento o de limpieza que se hizo cargo, habilitó como cámara cefálica un garrafón de plástico y la nena se recuperó.

Pasados los calambres, la abuela (Nohemí Hernández Valdivia) dirigió un airado mensaje cibernético al presidente López Obrador, a la gobernadora Claudia Pavlovich y al secretario de Salud, Enrique Claussen, que se tradujo en el cese de la directora del hospital, Rebeca Villa Morales.

La Secretaría estatal de Salud, a su vez, interpuso una denuncia ante la Contraloría y solicitó la intervención “expedita” de la Comisión Estatal de Arbitraje Médico para emprender una investigación y deslindar responsabilidades.

“Esta es la denuncia, independientemente de las acciones legales que vayamos a tomar…”, amenaza la furiosa suegra. “Me da mucha impotencia imaginarme el momento que pasó mi hijo”, chantajea, porque “tuvo que parar el carro y recibir a su pequeña ahí, a la intemperie…”.

Quiero llorar.

En vez de quejarse, la señora debiera celebrar la hazaña del garrafón salvífico, dar gracias a quienes atendieron a su nieta, satisfacer la duda del porqué no dejaron parir a su nuera en el hospital, admitir que se hizo lo que se pudo y salvaron la vida de quien más desvalida estaba, la bebé, y sugerirle a su hijo vender su coche para pagar un hospital privado en vez de ir a quitarle su lugar a los realmente jodidos.