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Bueno, ya estamos ahí, en la orilla de la amenaza de Trump para México y Canadá. La vocera de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, dijo ayer que el 1 de febrero, este sábado, Trump impondrá el 25% de aumento de aranceles que había anunciado para los dos países.

Sería un cataclismo comercial de daños incalculables para México. El cataclismo, dijo Leavitt, empezará este sábado.

Conviene recordar que todo esto lo dijo también Trump hace una semana, añadiendo que llegaría a esa decisión si los dos países no mejoraban su colaboración con Washington en materia de inmigración y tráfico de fentanilo. Dijo también que quería empezar ya, este año, la renegociación del T-MEC, programada para 2026.

El triunfo por nocaut sobre Petro parece haber reafirmado en Trump la idea de que los aranceles son su gran palanca para hacerse respetar.

En la misma conferencia sobre los aranceles a México y Canadá, Leavitt habló de un posible aumento arancelario de 10% a China.

El nocaut propinado a Petro nos indica que la amenaza arancelaria es, todavía, en lo fundamental, una pieza de negociación diseñada para ganar en otros frentes.

Los frentes abiertos con México son claros. México debe aceptar a todos los mexicanos indocumentados que Estados Unidos deporte, también a los indocumentados no mexicanos, y reducir el paso de drogas, especialmente fentanilo, al mercado estadunidense.

Al parecer, Trump quiere también que México se siente a renegociar ya, en el siguiente trimestre, bajo la batuta gringa, el T-MEC.

Como he venido diciendo en estos días, el enigma en este ir y venir de amenazas no es qué quiere Trump, eso está muy claro, sino cuánto y cuándo.

Creo que eso no se sabrá en detalle sino cuando empiecen las negociaciones puntuales, públicas o secretas, entre los dos gobiernos.

Por lo pronto, México tiene que decidir antes del sábado lo que hará frente a Trump, si aceptará sus reglas para discutir los asuntos que quiere Trump, o tomará el riesgo de Petro: facilitar que Trump tome decisiones abrumadoras y que convierta a México, como convirtió a Colombia, en otro laboratorio de la eficacia “indesafiable” de su fuerza.