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Nuestros primeros años de vida democrática son un proceso cumplido, una primera época que alumbra ya la segunda.

A la manera de la historia de Francia, que registra la existencia de cinco repúblicas, quizá debemos pensar en el cambio político que hemos vivido en México en las últimas décadas como una Primera Democracia, un esbozo fundador que, a fuerza de practicarse, se ha desconfigurado y está cediendo el lugar al confuso pero innegable rostro de una Segunda Democracia.

Nuestra Primera Democracia tuvo dos tiempos:

El tiempo de la llamada “transición democrática”: los años en que se diluyó la hegemonía del PRI y ascendió la pluralidad partidaria no priista.

Y el tiempo de la llegada de la democracia propiamente dicha, la Primera Democracia, cuyo hecho fundador fue la alternancia en el poder del año 2000.

Ese año, por primera vez en la historia del país, el partido o el grupo en el gobierno perdió la Presidencia pacíficamente, a manos de sus opositores, y quedó configurado un horizonte creíble, garantizado institucionalmente, de competencia electoral por el gobierno.

La escena quedó en manos de tres partidos, referentes básicos del electorado de estos años, PRI, PAN y PRD, así como diversos partidos pequeños que crecieron a la sombra de los grandes.

En aquel diseño inaugural, el PRI era el adversario a vencer: el partido dominante en peso territorial, en usos y costumbres y en la cultura política del país.

El PAN era el partido de la oposición histórica al PRI, el partido conservador, de derecha o liberal, que se fortaleció acompañando al PRI de Miguel de la Madrid, Salinas y Zedillo, en su salida del nacionalismo revolucionario, hacia lo que ahora llamamos neoliberalismo.

El PRD fue el partido de la escisión del PRI, una escisión en el centro de la hegemonía política del país. Era la parte del PRI que rechazaba la liberalización y quería volver al nacionalismo revolucionario: una apuesta restauradora envuelta, sin embargo, en la novísima apuesta de futuro de la democracia.

Poco de aquel diseño existe hoy. Y casi nada de la de la emoción fundadora.

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