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En 1977 entré a trabajar como redactor de textos a la agencia de publicidad, Arellano NCK. Me fijé que en la mayoría de oficinas había una placa con la palabra Empaty, que, así en inglés, era el lema del consorcio publicitario trasnacional, pregunté su significado. Fue mi amigo, Ramsés González del Castillo el que me dijo, mira en inglés significa algo así como ponerse en los zapatos del cliente. Enseguida entendí el concepto que me pareció apropiado para una agencia publicitaria que tiene como cometido brindar servicio. Qué mejor para dar éste que identificarse con el cliente poniéndose en sus zapatos, hacer suyos sus problemas y necesidades. (Aunque tratándose de publicidad, hay clientes que calzan del tres y medio. Su estrechez mental es directamente proporcional a la de su calzado. Pero ese es otro tema).

Antes de preguntar debí de haber buscado su traducción al español (empatía) palabra que no era usual en esa época y que yo desconocía. Ahora sé, según el diccionario de la RAE, que “empatía es la capacidad de una persona de participar afectivamente en la realidad de otra”.

El vocablo entró a formar parte del vocabulario español, a comienzos del siglo XX, por conducto de la psicología, ciencia que dotó al término de su significación actual. Originalmente la voz griega “empátheia” significaba pasión. En el siglo II d de C., Galeno la uso como sinónimo de dolencia o enfermedad.  Empatía se deriva de  la raíz griega “phatos” de la que se originan palabras como apatía, simpatía, antipatía, frenopatía y telepatía. Phatos en griego expresa lo que siente el cuerpo o experimenta el alma.

Empatía se formó para indicar la participación objetiva y profunda de un individuo en los sentimientos, conducta, ideas, posturas intelectuales, etc. de otro, y la comprensión íntima de su situación vital e intelectual. Un ejemplo simple: el hecho de votar por tal o cual candidato supone un acto de empatía.

Años después, durante un cursillo de dramaturgia, volví a encontrarme con la palabra cuyo significado literal ya conocía. Pero ahora, ésta era usada para denotar la misión de toda obra dramática –teatro, cine, televisión– que debe lograr una empatía entre los personajes de la misma y los espectadores; una identificación, una transferencia de personalidad. El observador debe sentirse el personaje representado y ansiar sus características.

El asunto de esta columna nació por la idea, un tanto cuanto burlona, del presidente López Obrador de querer hacer un diccionario con las, que él considera, nuevas palabras del período neoliberal y la inclusión de términos del período post neoliberal. Llamó mi atención que el mandatario incluyera entre éstas la multicitada empatía, palabra que cualquier político debería de conocer, no solo su significado, sino la forma de estamparla en su audiencia. También, me extrañó, su falta de tolerancia para que cada quien utilice el vocabulario que más le agrade; y me sorprendió su ánimo conservador al no considerar el lenguaje, el idioma, como algo vivo y dinámico.

Paradójicamente, sin saber su significado, e, inclusive, no siendo, al parecer, de su agrado la palabra, Andrés Manuel es un político que logra empatía con la población. De no ser así no ocuparía el Palacio Nacional desde donde todas las mañanas declara sus filias y sus fobias.

La empatía de López Obrador, la proyección que su personalidad logra con la de sus seguidores es tal, que si él hubiera adoptado el uso del cubrebocas al comenzar la pandemia, muchos mexicanos hubieran transferido su identidad a la del líder y, al identificarse con él, los muertos y los enfermos serían notoriamente menos. Tal parece que el tabasqueño ignora el influjo que la investidura presidencial tiene sobre la mayoría de sus gobernados.

Memes de la pandemia

Ya huele a Navidad. Y si no hueles, no salgas de tu casa.

El error fue llamarlo Covid-19, si le hubieran puesto Cruz Azul hubiera sido fácil eliminarlo.