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Carezco de conocimientos amplios sobre la historia y función social de la fiesta de los toros, pero debo confesar que en diferentes etapas de mi vida acudí a corridas buenas, regulares y malas.  Confieso que con la fiesta del toro me sucedió algo similar a lo que me pasó antes con el rito de la iglesia católica. Me fascinó en ambos casos la teatralidad de todo su ejercicio, comenzando por los atuendos y rituales estrictos y la fastuosidad ceremonial de principio a fin.

No soy un franático conocedor, pero me gusta el fenómeno simbiótico que se da en las plazas de toros, entre lo que sucede en el ruedo y lo que se da en los tendidos, que tienen también su atmósfera especial de sombrero cordobés, cigarros puros, y bota de cuero con chorrillos de vino que a veces aciertan en la boca, que habla con acento supuestamente andaluz.

Me interesa más, sin embargo, lo que está sucediendo en nuestros días fuera de la arena.

Los políticos han pretendido, desde que tengo memoria, acabar con la fiesta. Para ello han tenido que acudir a los argumentos mojigatos de la derecha, esa que se arrejunta para “defender la vida” combatiendo la libertad de las mujeres a decidir sobre su cuerpo y prohibiendo el aborto.

Yo no voy a hacer exégesis de la estética de las corridas de toros ni caeré en la trampa moralina que ya tiene hasta lugar en la Constitución en los apartados que defienden los derechos de los animales. Gracias a esa paparruchada los circos perdieron uno de sus mayores atractivos, y muchos animales que eran alimentados, bañados, cuidados y queridos por sus domadores, acabaron muriendo abandonados y hambrientos en lugares que eran supuestamenete refugios.

Bastante se ha debatido el factor económico de la fiesta de toros, de la que dependen no solamente los ganaderos, sino una serie de personajes que llegan desde el matador hasta el vendedor de cervezas en la plaza o los mozos de arrastre.

La señora Carla Brugada, que no oculta sus aspiraciones a suceder a la primera mujer presidente de este país en el 2030, ha retomado ese rumbo. Muy en el estilo precisamente de la señora Claudia Sheinbaum, no se anima a agarrar a este toro por los cuernos y propone cambios light al formato de la fiesta para quitarle “la crueldad” hacia uno de los animales del ruedo. En pocas palabras, sí a la suerte del capote y la muleta, no a la de varas, banderillas y desde luego, no a la muerte del toro. No se dice nada de que el otro animal, el torero, también puede perder la vida.

Debiera la gobernadora de nuestra gran ciudad echarle valor al toro: dejar la fiesta a medias es una burla a todo el mundo. Ya, nada más por sus pistolas, que prohiba las corridas de toros en la capital, totalmente.

Lo cual es autocrático, desde luego. Ya nos deberíamos haber acostumbrado después de un sexenio y seis meses de esa escuela.

Se me olvidaba decir que también me gusta ver las peleas de box en la televisión: por definición es un deporte en el que se ejerce la violencia con la única finalidad de tirar a la lona al contrario, por lo menos para la cuenta de diez segundos. No son pocos los boxeadores fallecidos o dejados para el arrastre mental a consecuencia de los golpes. A nadie se le ocurre prohibir las peleas de box. Y eso que los autócratas se especializan en el ejercicio de ese verbo, prohibir. Si tanto detestan la violencia, podrían empezar por ahí.

Solamente a un imbécil se le ocurriría defender al acoholismo o el tabaquismo como virtudes, pero las bebidas alcohólicas o los cigarrillos se pueden comprar en cualquier tienda del barrio, en el supermercado o en las vinaterías.No se hable de la afortunada existencia de bares y cantinas.

En dode además, aprendí a jugar dominó.

Van a acabar con la fiesta brava: de hecho nosotros mismos con nuestro abandono ayudamos a esa innoble causa. No hace falta que la señora Presidente diga, mal informada como está, que en muchas ciudades de Europa las corridas están prohibidas. Si quiere conocer de crueldad hacia los animales, que se dé una vuelta por los rastros y mataderos de reses o gallinas que acaban en nuestra mesa. No vaya a ser que nos conviertan en veganos por decreto.

PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): ¡Aguas con el agua! El aparato politico conservador de Texas se está motivando para que la ley de aguas y límites de 1944 se cumpla -según ellos- a cabalidad. Según ellos, que Nuevo León le entregue la cantidad que quieren los agricultores del sur tejano, y para ello le piden apoyo a Donald Trump. Como si le hicieran falta ganas.

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