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Cuando era niña y vivía en Nicaragua la Nochebuena tardaba años en llegar porque trescientos sesenta y cinco días eran toda una vida. Siempre me pregunté que, si era el cumpleaños del Niño Dios, ¿por qué era él quien nos traía regalos y no éramos nosotros quienes se los entregábamos a él? En la Nochebuena jugaba en la calle con mis primos: al escondite, a las carreras, al beisbol, y sólo entrábamos a la casa —escurriendo en sudor— cuando escuchábamos los gritos de mi mamá para que regresáramos. En el clima tropical nicaragüense era impensable la figura de “Santo Clós” —un señor regordete vestido con un pesado traje rojo, calzando unas fastidiosas botas donde se le podían cocinar los pies. ¿Un trineo? Con los perpetuos 29 grados centígrados managüenses es imposible que caiga nieve, ni siquiera que haga un poquito de fresco. Hace más de cincuenta años —sin teléfonos celulares y sin redes sociales— la vida se daba lento y nuestras excursiones llegaban hasta donde las piernas aguantaran el pedaleo de las bicicletas. El Polo Norte quedaba en la imaginación que nos regalaban los cuentos y sólo había que quedar bien con el cumpleañero, el Niñito Jesús.  Por la mañana del 25 corríamos a abrir los regalos bajo un árbol de Navidad —sin nieve— y con el corazón desbordado de alegría y curiosidad. En la niñez no hay imposibles, somos inmortales y cumpliremos todas las expectativas del mundo, de nuestro mundo.

Al salir de Nicaragua por la guerra civil y exiliarnos en México, la Navidad se tornó fría y ya no me creía todo lo que me contaban. Supe que el Niño Dios no repartía regalos —como la lógica mandaba— pero me invadió cierta desilusión y tristeza. Cuando me topé con la figura de Santa Claus ya sabía que era un cuento de fantasía y que los padres hacían todo lo posible por sostener la inocencia de sus hijos y, al mismo tiempo, los hijos hacíamos todo lo posible por crecer aceleradamente. ¡Qué nudos gordianos pueden hacerse cuando se cruzan las líneas del tiempo de los seres humanos a las distintas edades! Mis recuerdos niños no hacen más que mostrarme un mundo donde le cabe todo, un Aleph sin dimensiones y sin confines. ¿En qué parte del camino perdemos ese superpoder y nos volvemos frágiles y temerosos? Más tarde reconstruimos esas ilusiones en nuestros propios hijos porque sabemos que la pérdida de la niñez y de la inocencia dejará un hueco extraño.

Ahora que he vivido 57 otoños, la Nochebuena llega seguida de la del año anterior: entre una y otra apenas distan dos días. Eso me pone nostálgica y triste en estas fechas. El tiempo se acelera con los años y sólo queda en la calle de mis recuerdos el eco de los batazos al jugar beisbol, la gritería de mis primos jugando al escondite, los abrazos que me dio mi papá y esa forma de darme golpecitos suaves y tiernos en los cachetes y en la cabeza. Las ausencias ya se cuentan por muchas: tíos, abuelos, amigos, y una tierra a la que no puedo volver porque está secuestrada por dos dictadores.