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En el reportaje de Alfredo Corchado y Kevin Krause que he glosado estos días puede leerse la estrategia de la guerra antidrogas, conducida por agencias estadunidenses, que ha ensangrentado a México.

Eric Olson, especialista en crimen organizado del Woodrow Wilson Center, comenta así el “Trato mortal” de Osiel Cárdenas con la justicia americana:

“Reducirle la sentencia a alguien como Osiel que ha contribuido a la muerte de cientos, si no miles de personas, puede no valer la pena”.

Los fiscales, dice Olson, no toman en cuenta “los derechos de las víctimas en otros países”. Hay fiscales, agrega, que “pueden reducirle la sentencia a alguien que debe muertes en México, para saber algún detalle del tráfico de drogas de Dallas”.

“¿Es justo con las víctimas mexicanas?”, se pregunta Olson. “Probablemente no”, responde, “pero el sistema no está diseñado para tomar eso en cuenta”.

Las víctimas mexicanas, como las iraquíes o las afganas, no cuentan en el death toll del socio americano. Son víctimas colaterales, consecuencias no buscadas, del método adoptado.

“Desde luego puede criticarse este enfoque: no carece de desventajas”, se resigna Tony Garza, exembajador estadounidense en México de 2002 a 2009. “¿Pero no creen ustedes que si hubiera un camino perfecto para eliminar a estos grupos, lo hubiéramos probado ya? En la medida en que el estado de derecho es débil en México, ese ciclo va a repetirse”.

Llegamos así al culpable original de la matanza: México, su ilegalidad, su corrupción, su débil estado de derecho.

Sí, salvo que el estado de derecho ha sido siempre débil en México, y el inicio de la matanza en gran escala puede fecharse: empezó con la estrategia puesta en marcha durante los últimos años de Garza en México, los primeros del gobierno de Calderón.

Consecuencia (escriben Corchado y Krause): “Regiones completas de México siguen tomadas por el miedo y la violencia, mientras el número de grupos criminales se ha disparado de cinco cárteles grandes en 2005 a 80 grupos criminales pequeños hoy en día”.

A la vista del reportaje del Dallas Morning News concluyo que no solo emprendimos en México una guerra desastrosa contra el narco, sino que lo hicimos, además, bajo la exigencia y la conducción de un socio desconfiado, desconfiable e indecente.

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