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Oooooootra vez volvió a salir del retiro, de La Chingada o de donde se supone que se había hecho a un lado, para no meterse en la discusión pública.

Hace unas semanas hablábamos en este espacio de sus reapariciones. Primero por Venezuela. Luego por Cuba. Y ahora por Trump.

Es curioso, las tres tienen el mismo hilo conductor: Estados Unidos, la soberanía, la izquierda latinoamericana y ese reflejo tan suyo de aparecer justo cuando siente que la historia no está siendo contada como él quisiera.

Esta vez reapareció con una carta larga. Acusó a funcionarios de Estados Unidos de querer debilitar a Morena, “respaldó” a Sheinbaum, reprochó el cambio de actitud del mandatario estadounidense y pidió que regrese el “otro Trump”. El de antes. El de su sexenio. El que, según su memoria, no hablaba mal de México, no mencionaba el muro y era casi casi un vecino incómodo, pero educadito. Ajá. El mismo Trump, pero en versión “cuando estaba yo, sí se portaba bien”.

El problema es que la presidentA ya había fijado una posición. Y no a medias. El domingo fue directa y habló de una ofensiva de sectores de ultraderecha en México y Estados Unidos, de injerencia, del caso Chihuahua, de las solicitudes urgentes de extradición y de funcionarios mexicanos electos acusados desde Washington.

En pocas palabras, puso sobre la mesa la idea de que una oficina del Departamento de Justicia de Estados Unidos pudiera terminar metiéndose en algo que le toca decidir a los mexicanos: quién gobierna en México.

O sea, la presidentA ya se había envuelto en la bandera. No hacía falta que desde Palenque mandaran refuerzos.

Pero los mandó. Porque cuando YSQ siente que el actual gobierno no está diciendo lo que él considera adecuado, aparece. No necesita contradecir a la presidentA. Le basta con tomar el mismo tema y ponerlo en sus palabras. Y ahí, el reflector cambia de lugar. Ya no se habla solo de lo que dijo Sheinbaum, sino de lo que escribió él, de lo que quiso decir él, de por qué salió él y de qué significa él. Y su carta no llegó a llenar un vacío, llegó a ocupar un espacio. Pero ese espacio ya lo ocupa la presidentA.

Por eso no se siente como un respaldo sincero, sino como una intromisión. Le robó la atención. Le puso sombra. Le recordó al movimiento que, cuando el asunto se pone serio, todavía hay una voz más fuerte que la actual.

Y al día siguiente, en la mañanera, la Presidenta salió a respaldar la carta que, en teoría, había salido para respaldarla a ella. El apoyo al apoyo. La bendición de la bendición.

Sheinbaum es presidentA, no encargada de despacho. No necesita tutor, aval de autenticidad, ni estampita de “continuidad certificada por Palenque” cada vez que enfrenta una crisis.

En el Congreso lo vemos cada semana. Siguen hablando de López Obrador como si siguiera despachando. Para muchos, él no solo fue presidente; es el origen de su vida política, de sus puestos, de su lugar en la mesa y, quizá, de la impunidad que algunos creían tener garantizada.

Y luego frente a Trump, el tabasqueño ahora sí se pone bravo. Ahora sí reclama. Ahora sí habla de “paleros, manipuladores, caciquillos” y de “siniestras aventuras”. Pero los tiempos ya cambiaron. Este Donald Trump “reloaded”, que volvió a la Casa Blanca sintiéndose perseguido, reivindicado y con cuentas pendientes, ya no es el mandatario que probaba los límites del sistema. Ahora es un gobernante que cree haber demostrado que puede doblar a quien se le ponga enfrente. Llega rodeado de lealtad más que de aptitud, convencido de que sobrevivió a juicios, investigaciones, escándalos y derrotas políticas porque sus adversarios no pudieron frenarlo. Y desde esa lógica opera con amenazas, presiones e intimidación. Ahora mide la resistencia del otro y, cuando ve debilidad o necesidad, empuja hasta salirse con la suya.

La presidentA ha entendido mejor cómo contenerlo. Evita caer en la provocación y busca mantener abierta la relación sin aceptar que se le impongan. López Obrador, con su estilo frontal, emocional y de plaza pública, difícilmente habría tenido esa misma cabeza fría para administrarlo sin convertir cada choque en una batalla personal.

Así que ahora es muy fácil juzgar desde afuera. Porque tratar con Trump desde Palacio Nacional no es lo mismo que escribirle desde La Chingada, sin tener que medir mercados, migración, aranceles, T-MEC y diplomacia.

No es lo mismo ser borracho que cantinero.

¡A callar, “viejo metiche”! Moreira dixit.

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