El presidente teflón

Foto de Milenio

Hugo García MichelCámara húngara

Larga, larguísima, es ya la lista de absurdos y desatinos que día con día, con una regularidad cotidiana asombrosa, nos ha recetado eso que se ha dado en llamar la cuarta transformación

Tenemos un presidente teflón al que nada se le pega y todo se le resbala. Desde que tomó posesión en 2018 (no el 1 de diciembre sino el 1 de julio), Andrés Manuel López Obrador ha sido un ave de tempestades que, entre prisas, caprichos y ocurrencias, ha puesto al país bocarriba y bocabajo, como quien cocina (ya que hablamos de sartenes) una quesadilla sin queso.
Larga, larguísima, es ya la lista de absurdos y desatinos que día con día, con una regularidad cotidiana asombrosa, nos ha recetado eso que se ha dado en llamar la cuarta transformación. El famoso “cambio de régimen” no ha sido hasta ahora sino un festival de la farsa y el delirio que resultaría jocosamente cómico si no fuese tan trágico.
Desde la inicial cancelación del aeropuerto de Texcoco hasta el reciente “piensa, gracias” de Notimex, la relación de acciones oligofrénicas llena ya varias páginas y cada mañana amanecemos con la expectativa de saber con qué nuevo disparate nos va a salir el gobierno.
Y sin embargo…
Desgracias van y desgracias vienen y nuestro primer mandatario sigue tan campante, como si nada malo sucediera, como si el país avanzara boyante hacia la justicia, la democracia, la igualdad, la libertad y el progreso. Nada se le pega al señor López. Todo se le resbala al presidente teflón.
En sus insufribles y faranduleras conferencias mañaneras, el tabasqueño sigue presentándonos a un México de bronce que impertérrito camina arriba y adelante. La menor crítica, el mínimo cuestionamiento, son bateados de hit o desviados con un lenguaje cantinflesco que convierte a dichas mañaneras en un espectáculo carpero que incluye a una claque de inenarrables “periodistas” paleros que se agandallan la primera fila y son prácticamente los únicos que pueden “preguntar”.
Así las cosas.
Oficialmente, el nuevo gobierno acaba de cumplir seis meses (aunque parezcan seis siglos) y el panorama luce más desolador que el que pronosticaban los más pesimistas augurios. La pérdida de popularidad del presidente es constante y creciente. Lo dicen las encuestas, lo dicen las redes sociales, lo dice el índice de confianza del consumidor que lleva dos meses a la baja. Y cómo no, si las perspectivas económicas son terroríficas y por ninguna parte se ve la intención de rectificar o dar marcha atrás a los errores y a las malas determinaciones (justo hoy, miércoles 5 de junio que escribo estas líneas, Fitch bajó la calificación de México y Moodys la pasó a perspectiva negativa). ¿Admitirán ahora que lo están haciendo mal? ¿Nada hay que corregir?
Pero la “narrativa” (ese terminajo que usan los comentaristas en los medios) del obradorismo y de sus huestes es teflonera y lo niega todo. Dentro de su discurso, el país va a toda madre y quienes no lo vemos así somos perversos, conservadores, enemigos del pueblo bueno, antimexicanos que sólo deseamos el fracaso de la 4T y, con ello, el fracaso de México.
En una palabra: nos falla el teflón.
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