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Conocemos todos la frase célebre del profesor Hank González, “político pobre, pobre político”, que ha sido inspiración, motivo de vida y lema para una gran mayoría de políticos mexicanos. El martes pasado, en Uruguay, se extinguió la llama de su vida, pero no el brillo de su ejemplo, de un político que vivió en contraposición de la frase del mexiquense: José Mujica, quien llegó a preguntarse y a contestarse así mismo: “¿Qué es lo que le llama la atención al mundo? Que vivo con poca cosa, una casa simple, que ando en un autito viejo, ¿esas son las novedades? Entonces este mundo está loco porque le sorprende lo normal”.

Y es que quien fuera presidente de su país entre 2010 y 2015, renunció a la parafernalia que rodea a un jefe de Estado. Prefirió seguir viviendo en su vieja chacra —huerta— a las afueras de Montevideo, sin chofer, ni guardaespaldas, en estoica sobriedad, cediendo parte de su sueldo para obras sociales. “Los políticos tenemos que vivir como vive la mayoría y no como vive la minoría”.

Sus últimos días en el poder fueron documentados por el cineasta Emir Kusturica, con la película “El Pepe, una vida suprema”, quien con pocos recursos cinematográficos presentó un perfil del hombre, del político, de los detalles significativos de una vida plena; profundizó en su pasado para encontrar su presente. A pregunta expresa sobre la ausencia de, cuando menos, un guardaespaldas, el Pepe contestó: “¿Y yo para qué quiero un guardaespaldas? ¿Para que me vea en calzoncillos cuando me levanto a orinar por las noches?”.

En la década de 1960, Mujica participó en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, una guerrilla urbana de izquierda que intentó tomar el poder con las armas. Como guerrillero fue capturado cuatro veces por las fuerzas de seguridad uruguayas. En una de esas ocasiones recibió seis balazos, de milagro salvó la vida. Se fugó dos veces de la cárcel, una de ellas por un túnel junto a 105 presos tupamaros. En ambas ocasiones fue detenido.

En total pasó 13 años en prisión sometido a crueles torturas y aislado en pozos infectos. Estas son sus propias palabras que profirió en una entrevista para la BBC Mundo: “Cuando estuve preso pasé casi 7 años sin libros. Me movían de cuartel en cuartel. Entonces terminé contrayendo el vicio de la misantropía, de hablar conmigo mismo. Aquello fue como una autodefensa, en las condiciones en que estaba, para no perder el juicio. Pero me quedó incorporado. Se me transformó en costumbre”.

A pesar de los años preso, privado de los derechos más mínimos que puede pedir un ser humano, Mujica jamás mostró resentimiento alguno. “No acompaño el camino del odio, ni aun hacia aquellos que tuvieron bajezas sobre nosotros. El odio no construye. Esto no es pose demagógica, esto no es cosa de andar eludiendo el bulto, esto no es cosa de poner una cara linda; estos son principios, cosas que no se pueden hipotecar”.

En una época de políticos ambiciosos y soberbios; de ruido y reflectores; de derroche y despilfarro; de mentiras y demagogia; donde el tener sustituye al ser; y las apariencias remplazan a la realidad, la figura de José Mujica surgió como la de un gigante ejemplar por su sencillez y modestia; por su moderación y templanza; por su forma honesta y frugal de vivir; por su congruencia y franqueza; por su conciencia ecologista y amor a la naturaleza que es la vida misma. Gracias, Pepe, porque nos enseñaste que la política es la lucha por la felicidad de todos.

Mereces, más que nadie, descansar en paz, hermano, guerrero paradigmático.

Punto final

“Van a envejecer y van a tener arrugas, y un día se van a mirar en el espejo y tendrán que preguntarse, ese día, si traicionaron al niño que tenían adentro” (José Mujica en un discurso ante el Congreso de la Unión de Estudiantes de Brasil en julio del 2023).