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Resulta pueril la reacción de asombro de muchos al comprobar que el presidente electo tenía razón cuando, en sus tres campañas presidenciales, prometió que si ganaba transformaría para siempre a México. Repitió mucho que: “Todos tenemos que prepararnos para los cambios y no extrañarnos”.

Son los mismos que pensaron que nuestras instituciones son sólidas y que es imposible cambiarlas de un plumazo. Olvidaron que las instituciones no se protegen a sí mismas. Caen, como escribe Timothy Snyder, unas tras otra a menos que cada una de ellas sea defendida desde el principio.

Son los mismos que pensaron que el candidato hablaba como el narrador del capítulo Hospitalidad mexicana. La casa de usted, del libro de Jorge Ibargüengoitia Instrucciones para vivir en México (Editorial Booket):

Cuando hay invitación, es en términos tan vagos que queda invalidada.

–Un día de estos, cuando haya oportunidad, quiero que venga usted a su humilde casa a probar un molito que hace mi mujer.

Cuando alguien nos dice esto ya sabemos que el molito se va a quedar platicado.

Muchos, incluidos numerosos votantes del presidente electo, creyeron que sus promesas de la “Cuarta Transformación de México” eran pirotecnia del lenguaje de campañas. Vamos, pensaron que hablaba como el personaje de Ibargüengoitia que invita a su humilde casa a probar un molito.

Pero tan es cierto que México jamás volverá a ser igual con el advenimiento del nuevo gobierno, que el presidente electo plantea crear un Tribunal Constitucional, que se encargará de trabajar todo lo relacionado con la Carta Magna.

Al experimentado abogado Ignacio Morales Lechuga lo anterior le sonó, ayer en Twitter, a “hacer a un lado la SCJN” y a “golpe de estado por parte de AMLO para adueñarse de los tres poderes”. Pues sí ¿y qué? El presidente electo nunca escondió su aversión por la Suprema Corte.

En la pasada campaña sentenció, al menos dos veces, en Colima y el Estado de México: “¿Saben de algo que hayan hecho los de la Suprema Corte en beneficio de México, se han enterado de algo que hayan resuelto a favor del pueblo? Nada”.

Igual con la Constitución Moral que impondrá: la anunció con toda intención durante la toma de protesta como candidato del religioso Partido Encuentro Social y hasta citó también el Nuevo Testamento: “Cristo es amor”. Un investigador de la Ibero se apresuró a decir que era “una ocurrencia”.

Claro que nadie está obligado a hacer felices a los demás. Un gobierno no tiene que indicar a la gente si tiene que ser feliz o no, ni introducirse en un núcleo familiar o social específico. No hay una moral, hay muchas morales. Eso suena a teocracia. Sí, sí.

Pero la hará.

Hará todo.