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El presidente Peña Nieto se quitó la corbata, quizá para mostrar empatía con los familiares de las víctimas de Ayotzinapa. Se dejó ver, creo que por primera vez en estos dos años, desencajado, nervioso, ojeroso, triste. No quiero decir que derrotado. Pero sí al menos vencido. Un Presidente que no tenía de qué informar.

Cinco horas de escuchar testimonios y reclamaciones de los familiares, sin nada más a la mano que empeñar su palabra para seguir investigando, trabajar conjuntamente con ellos, castigar a más culpables. Nunca las promesas presidenciales fueron menos suficientes, sonaron más claudicantes que ayer.

Un politólogo de primera línea me dijo luego del mensaje nocturno del presidente Peña Nieto que la gran diferencia con el PRI de Tlatelolco y el jueves de Corpus era que entonces escondía los cadáveres, y ahora los busca desesperadamente.

Con desesperación, de acuerdo, porque en esa búsqueda se juega buena parte de su futuro. La tragedia de los normalistas desaparecidos se va convirtiendo cada vez más en la de un gobierno, una generación, un país.

Sigo creyendo que México es mucho más grande que la desgracia de Ayotzinapa, pero anoche me asaltaron las dudas de que el gobierno del presidente Peña Nieto piense lo mismo. O esté en posibilidad de pensar lo mismo.

Sin un secretario de Gobernación y un procurador de Justicia con voz creíble para los familiares, el Presidente ha tenido que entrar a la discusión directa. Ya no hay otra línea de defensa.

Malas noticias para un jefe de Estado que ofrece buena voluntad, pero que, con el reloj en contra, no tiene resultados que entregar.