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Con el poder legal y real que le queda, el Presidente de México puede tomar la iniciativa, mejorar su gobierno y ordenar el país que le entregará a su sucesor.

Quizá no pueda “darle la vuelta a la tortilla”, pero al menos podrá “dejar todo en la cancha”, como dicen los futboleros hegelianos.

Con el poder que tiene, sin la anuencia de otros poderes, el Presidente puede hacer cosas efectivas.

 Por ejemplo, estas:

Cambiar su gabinete.

Ponerse a la cabeza de procesos de castigo a la corrupción.

Hablarle al país, compartir sus preocupaciones, advertir de los riesgos que ve.

Sostener conversaciones con líderes de todos los ámbitos: dueños de medios, figuras de opinión, empresarios, líderes sociales y religiosos, dirigencias partidarias, bancadas parlamentarias.

Indispensable sería hablar con los gobernadores, establecer con ellos compromisos o al menos diálogos serios sobre riesgos de gobernabilidad en las regiones.

Lugar aparte merecerían en esta coyuntura quienes puedan ayudarlo a pensar una estrategia ante los riesgos de la elección estadunidense.

Me tocó ver al presidente Zedillo en los momentos más críticos de su gobierno, febrero-abril de 1995, ejercer con singular apertura y paciencia estas rondas de conversación y explicación de lo que sucedía según él, y lo que podía suceder.

Todo esto habría que hacerlo llevando como prioridad  mejorar el gobierno, no “manejar la sucesión”. Se antoja imposible gobernar creíblemente estos dos años si al mismo tiempo el Presidente quiere conducir la sucesión y hacer ganar al PRI.

En mi opinión, el Presidente debería dejar que el PRI elija a su candidato, como lo eligieron a él, sin consignas venidas de lo alto, en el entendido de que, a estas alturas de la pelea, lo menos competitivo que puede salir del PRI es un candidato por dedazo.

Respecto del resultado de la elección presidencial, hace mucho que no es algo que deciden los presidentes, sino los votantes, un conglomerado autónomo y receloso, que no conviene forzar.

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