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Confieso mi estupor ante el espectáculo de la destrucción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México.

Ningún político que yo recuerde ha desbaratado en tan poco tiempo una inversión de 13 mil millones de dólares.

He visto anuncios de devaluaciones catastróficas, gobiernos devastados por sus pecados financieros, países que pasan en meses de la abundancia a la inflación y carestía. Pero un presidente electo que anuncia en una conferencia de prensa de una hora la destrucción voluntaria de una inversión de 13 mil millones de dólares y un aeropuerto de clase mundial, eso no lo había visto.

Lo vi el 29 de octubre, en CdMx, entre las 10 y las 11 y media. Fue el anuncio que hizo el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, luego de una consulta inducida y una decisión discrecional, a saber: que el resultado de ésta sería obligatorio para él porque era, según él, el mandato democrático del pueblo.

Pero el pueblo de la consulta fue de un millón de electores, 1 por ciento del electorado mexicano. Los organizadores pusieron urnas sobre todo en municipios fieles a Morena, se aseguraron de decirle a los fieles cómo votar y manejaron las urnas como les dio la gana.

Consiguieron 754 mil votos a favor, muy lejos de los 30 millones obtenidos en julio, y con esos votos en la bolsa el Presidente electo se presentó en la televisión para anunciar, a nombre de la democracia y del pueblo, el entierro de 13 mil millones de dólares.

Yo sabía que eso iba a suceder, pero estuve en vilo mientras sucedía. Tardé en entender que el tema de fondo era que López Obrador había empezado a usar el poder que le dieron sus 30 millones de electores de julio.

Se trata de un poder enorme y enorme fue su primer ejercicio de destrucción, para dejarle claro a los empresarios mexicanos que aquí ha vuelto a mandar el Presidente, que México tiene solo un piloto.

Dice un amigo que lo del piloto quedó claro, lo que nos falta es su aeropuerto. La Cuarta Transformación levantó el vuelo, el más caro en mucho tiempo.