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¡Qué buen nombre para una pulquería! Lástima que no están de moda ni las pulquerías ni los penachos. Lo que hoy leerán es una pequeña y modesta narración basada en una nota escrita por el segundo de a bordo de Hernán Cortés, Pedro de Alvarado –el garrochista que le dio nombre a una calle de la Ciudad de México: Puente de Alvarado–; el resto lo puso la imaginación del columnista a la que no hay que hacerle mucho caso.

Desde la llegada de los españoles, Moctezuma Xocoyotzin o Moctezuma II –a quien su pueblo llamaba el cuiloni–, colmó de regalos a los españoles con la intención de que se fueran, lo cual lejos de hacerlos recular les despertó el apetito por las riquezas. Premonitoriamente pensaban que estas tierras serían propicias para poner panaderías y tiendas de abarrotes, y para que toreros y cantantes se hincharan de dinero.

Según el Calendario Azteca, fue en el año akatl (caña) en el mes Hueypachtli (fiesta de las flores) en el día Quecholi (flamingo) –18 de noviembre de 1519 en el calendario gregoriano–, cuando Moctezuma recibió a Cortés en su palacio. Departieron como Dios le dio a entender a Cortés y como Huitzilopochtli a Moctezuma, quien le ofreció pulque al español. Éntrale güerito, es un curado de tuna que mis tamemes traen de Apan. Puro tlachicotón, del que hace hebra. Del que tomó Quetzalcóatl antes de sentirse serpiente emplumada.

¡Jolines! Esta bebida está pegadora.

A huéhuetl. Yo soy el emperador de los aztecas y el neutle es nuestro empedador.

Pero tómale valedor. ¿Sabes una cosa güero? Verdad de Tláloc que me caes a toda nantil (madre en náhuatl) –dijo Moctezuma achispado–, pero ya deberías de regresarte a tu tierra.

No nos iremos –dijo Cortés amenazante y tambaleante por la bebida–, hemos venido a conquistaros.

Güero no seas ojetl; ustedes traen palos de fuego (arcabuces) y cuacotzins (caballos). No les vamos a durar ni para el arranque. ¿Qué? ¿Cómo nos podemos arreglar o qué?

Pues ahí lo dejo a tu criterio.

Y cuenta Alvarado que ajumado por el pulque, Moctezuma le regaló al español joyas y objetos de turquesas, obsidiana y oro, hasta sumar 158 piezas. Y volvieron a decir salud. Y Cortés con un ojo a su vasija de pulque y otro en la colección de penachos del tlatoani dijo: Me deberías de regalar uno de esos.

Es mi colección de penachos. ¿Cuál te gusta más?

Ése, y señaló el más bello de un metro 16 centímetros de altura y un diámetro de 175 centímetros, con plumas azules de totol, tejuelos de oro, medias lunas de piedras preciosas y 222 plumas de quetzal.

Ay mi güero, no eres nada pendejotl. Éste es el que uso los días Xóchitl, que son como los domingos para ustedes. Te lo voy a regalar, pero vamos a seguir chupando tranquilos. Questo y quelostrin, salud.

Y dijeron salud repetidas veces y Cortés cada vez tomaba menos hasta que Moctezuma se quedó dormido (jetochki en náhuatl). Hernán se llevó consigo el penacho que le mandó a su rey: Carlos I de España, el cual no estaba en España sino en Alemania donde también era monarca con el título de Carlos V. Poco se interesó por la prenda, creyó que era un abanico demasiado grande para su estatura. Le importó más el cacao con el cual preparó la bebida llamada chocolatl. El penacho fue olvidado. Pasaron muchos años hasta que el penacho fue descubierto, restaurado y exhibido en el Museo de Etnología de Viena.

Siglos después se creó la Azteca, la fábrica que le dio fama al chocolate en el mundo con su marca Carlos V, entre otras. Posteriormente la Azteca fue vendida a la multinacional suiza Nestlé, la cual hoy fabrica el chocolate Carlos V. Nadie sabe para quién trabaja.