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El papa Francisco ha hecho dos alusiones al diablo en relación con la actual violencia mexicana. Se preguntó en una entrevista: “¿Quién tiene la culpa de esta violencia?”. “¿El gobierno?”.

Contestó: “Esa es la respuesta más superficial. A México el diablo lo castiga con mucha bronca”.

Repitió su alusión más tarde, con mayores resonancias teológicas. Dijo: “Yo creo que el diablo le pasó la boleta histórica a México”.

La palabra “histórica” sugiere aquí que México tiene una cuenta del pasado que pagar, un pecado viejo que está pagando hoy; un pecado que el diablo le cobra de más, con “mucha bronca”, suponemos que a cuenta del buen Dios.

No sé si exagero las implicaciones de las palabras, entre irónicas y punitivas, de Francisco, ni si traduzco bien su sentir profundo.

La verdad, no se me había ocurrido que hubiera en las cuentas teológicas de la Iglesia esta deuda histórica de la impiedad mexicana. Pero algo hay de eso aquí: con la violencia de hoy, el diablo le cobra a México una deuda histórica con Dios.

México ha tenido dos guerras religiosas, ambas perdidas por la Iglesia: la de la reforma en el siglo XIX y la Cristera en el siglo XX.

Esta última ha sido la cantera mayor de mártires y santos mexicanos. La Iglesia de Roma no deja de voltear a ella y volteará nuevamente en estos días con la canonización del niño de Sahuayo.

No seré yo quien diga que la guerra cristera de los años 20 del siglo pasado fue una guerra justa del Estado contra el fanatismo. Pero tampoco lo contrario.

Hubo en el bando piadoso tantas atrocidades como en el otro, suficientes para probar que la historia, sobre todo si anda en guerras, no está regida por la buena voluntad de nadie, digamos Dios.

Suponer que Dios cobra en la historia los agravios que él mismo ha puesto en ella es suponer a un Dios cruel con sus creyentes y vengativo con los no creyentes. Es un Dios equívoco, más que todopoderoso.

Lo cierto es que la historia es un horror indigno de cualquier arquitecto supremo.

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