El Palacio Virreinal, entre hambrunas, inundaciones y plazas de toros

EnriqueOrtiz

Enrique Ortiz GarcíaTlahtoani Cuauhtemoc

Palacio Nacional ha sufrido constantes transformaciones a través de los siglos

Posiblemente las dos edificaciones de la Ciudad de México que guardan mayor cantidad de historias, hechos y leyendas son la Catedral Metropolitana y Palacio Nacional, siendo este último la sede del gobierno desde tiempos de la antigua Tenochtitlán, pasando por el Virreinato, hasta la actualidad.

Palacio Nacional, como edificio, ha sufrido constantes transformaciones a través de los siglos, basta con mencionar que en el mismo lugar donde se encuentra en la actualidad estaban ubicadas las Casas Nuevas de Motecuhzoma Xocoyotzin, el Huey Tlahtoani de Mexihco-Tenochtitlan.

Este gobernante, al ser entronizado, decidió construir un nuevo palacio, más suntuoso, grande y hermoso que el edificado por su padre Axayácatl (ubicado donde ahora se encuentra la casa matriz de Monte de Piedad, al oriente de la Plaza de la Constitución).

Sin embargo, los azares del destino harían que el vanidoso Tlahtoani viviera sus últimos días dentro del palacio de su padre debido al cautiverio que lo sometería Hernán Cortés a los pocos días de haberse encontrado en la antigua calzada de Iztapalapa, un 8 de diciembre de 1519. En alguna de sus patios y habitaciones encontraría la muerte.

Los orígenes del Palacio Virreinal se encuentran a partir de 1521, cuando después de más de 70 días de sitio, Tenochtitlán era derrotada y saqueada por las huestes de Cortés y sus aliados indígenas. La antigua capital mexica quedó tan desolada y repleta de cadáveres en estado de putrefacción que no sería hasta 1524 cuando se iniciaría el reparto de los solares entre los ambiciosos conquistadores.

El propio Cortés se apropiaría de los dos grandes palacios que pertenecieron al finado Huey Tlahtoani Motecuhzoma Xocoyotzin: las Casas Viejas de Axácayatl y las Casas Nuevas construidas por hijo.

De inmediato iniciaron las labores de demolición de los palacios de la realeza tenochca para ser sustituidos por los palacios que serían el hogar del conquistador. El primer palacio de Cortés en terminarse fue el construido en las Casas Viejas, donde ahora se levanta Monte de Piedad, al poniente de la Catedral Metropolitana, sin embargo las obras de construcción proseguían en las antiguas Casas Nuevas, al otro lado de la gran plaza donde en el pasado se ubicaba el Tianquiztli o Tianguis de Tenochtitlán.

Este palacio no sería terminado hasta 1550 después de la muerte de Cortés. Sabemos que constaba de tres patios arcados, dos pisos y una huerta ubicada en la Plaza del Volador, donde ahora se encuentra la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Para 1562 Martín Cortés tuvo que vender este espacio al virrey Luis Velasco debido a que las autoridades virreinales no tenían un espacio donde despachar, gobernar y alojar a su familia. Hasta esa fecha no tuvieron otra opción que vivir en el Palacio del Marqués del Valle de Oaxaca, título nobiliario otorgado a Cortés por sus servicios a la corona española, situación que creo una gran tensión entre el primer virrey Don Antonio de Mendoza y la familia Cortés.

Es interesante mencionar que desde el siglo XVI, dentro del sector nororiente del Palacio Virreinal se ubicó la forja y la Casa de Moneda, cuyo propósito era acuñar el metálico bajo la atenta supervisión de las autoridades virreinales. Por esa razón la vía que delimita por el norte al actual Palacio Nacional aún lleva el nombre de calle de Moneda.

A un costado de estas dos edificaciones, en el año de 1612, el virrey Fray García Guerra mandó construir una Plaza de Toros debido su gran afición de la fiesta brava, a pesar de las críticas que le llovieron, ya que este tipo de diversiones no eran propias de un fraile dominico, a pesar de haber sido elegido arzobispo y virrey por su M. Felipe III de España. De este coso taurino no quedaría huella.

Detalle del biombo de la Conquista donde se ve cómo lucía Palacio Virreinal en el siglo XVII. Destaca el balcón de la virreina al norte de la fachada.

 

Palacio Nacional fue testigo de las fiestas que celebraba la llegada de los virreyes y de los arzobispos, así como las corridas de toros que se llevaban a cabo en la Plaza de Armas, como también la incesante actividad económica que se llevó a cabo en el Baratillo y el famoso mercado conocido como El Parián construido en 1703.

Sus muros se mantuvieron firmes y estoicos frente a la “Noche de San Mateo” de 1629, la peor inundación que sufrió la Ciudad de México. La lluvia empezó a caer el 20 de septiembre del año mencionado, y prosiguió por 36 horas continuas causando una gran inundación que cobró la vida de 30 mil personas.

Palacio Nacional también soportó los embates de la rebelión del hambre acaecida el 8 de junio de 1692 cuando la escasez de maíz y trigo se hizo patente en los bajos estratos de la población que habitaba la Ciudad de México.

Más de 10 mil indígenas, mestizos, así hombres y mujeres pertenecientes a las diversas castas novohispanas se reunieron en la Plaza de Armas frente al Palacio virreinal solicitando estos alimentos y que los comerciantes criollos y españoles dejaran de acaparar el poco maíz que aún había.

También solicitaban que se abrieran las puertas de la Alhódiga, ubicada en el barrio de Merced, para distribuir el grano almacenado en su interior. Fue tal su enojo de la multitud que atacaron a los guardias y a las autoridades con lanzas, piedras y hondas, forzando su entrada en Palacio Virreinal, donde saquearon y quemaron el ala suroeste, justamente donde se justamente donde se encontraban las habitaciones del virrey conde de Galve. El sabio Carlos de Sigüenza y Góngora registró el momento con las siguientes palabras:

Abrí las ventanas a toda prisa y viendo que corría hacia la plaza infinita gente. A medio vestir y casi corriendo, entre los que iban gritando. “¡Muera el virrey y el corregidor, que tienen atravesado el maíz y nos matan de hambre!”

El mismo Carlos, al ver como las llamas devoraban Palacio Nacional se aventuró a través del fuego para salvar varios libros, mapas y registros que se hallaban en su interior, algunos elaborados durante el siglo XVI. Durante el ataque el virrey Gaspar de la Cerda y Mendoza nunca estuvo presente en su palacio, ya que escuchando a sus consejeros se refugió en el convento de San Francisco el Grande para salvar la vida.

Cristobal de Villalpando, uno de los pintores barrocos novohispanos de mayor relevancia pintó para 1695 su óleo titulado: “la Plaza de Armas de la Ciudad de México”, en el cual se ven los daños que sufrió Palacio virreinal durante el Motín del Hambre. Es curioso mencionar que un año antes de este lamentable suceso el virrey Rodrigo Pacheco y Osorio había mandado a remodelar y ampliar el Palacio, siguiendo los planos y diseños del arquitecto Juan Gómez de Trasmonte. Obra efímera que acabaría siendo destruida parcialmente por las turbas hambrientas.

La Plaza Mayor de México en 1695. Óleo de Cristobal de Villalpando. Al fondo se ven los daños en el ala sur del Palacio Virreinal debido al motín de 1692.

 

Para 1711 la reconstrucción de Palacio Virreinal proseguía bajo el mandato del virrey Pedro de Cebrián.

Para estos años la importante edificación mantenía sus puertas abiertas, por lo que cualquier persona podía acceder, incluso perros de la calle. En su planta baja daba cabida a un boliche, una panadería con amasijos, fonda, pulquería e incluso una vinatería llamada “La Botillería”.

Bodegas de los comerciantes que tenían sus tiendas en el Parián ocupaban la mayoría de la este nivel, mientras que las autoridades virreinales, la Corte y la familia “real” vivían en el primer nivel. ¡Incluso se sabe que había porquerizas y establos!

Por la noche sus patios cobraban vida ya que muchas personas adictas a la “parranda” entraban por las puertas del Palacio para continuar la fiesta y dormir dentro de sus muros. El terrible hedor, la basura y el desastre reinaban dentro de este importante recinto. En estas condiciones insalubres se encontraría el asiento de la autoridad virreinal hasta la llegada del virrey Juan Vicente de Güemes, segundo conde de Revillagigedo en 1789.

Una de las prioridades de su gobierno fue mejorar la condiciones de seguridad, de salubridad y orden de la capital de la Nueva España.

Introdujo los desagües y atarjeas en las calles, así como el primer sistema de alumbrado público. También organizó un cuerpo de vigilancia diurno para erradicar ladrones y asesinos.

Bajo su gobierno surgieron los famosos serenos, personas responsables de mantener encendido el alumbrado público y velar por la seguridad de las calles y callejones. También embelleció plazas, calles y paseos, así como el propio Palacio Virreinal. Decidió cerrar la fonda, pulquería, boliche y vinatería, todas ubicadas dentro de los patios de este recinto. Expulsó a los comerciantes que rentaban bodegas en su planta baja, así como a los perros callejeros y a los cerdos y otros animales. Poco a poco, durante su gobierno, este importante espacio empezó a tener algún atisbo de similitud al Palacio que conocemos en la actualidad.

El virrey Juan Vicente de Güemes, segundo conde de Revillagigedo.

 

*Enrique Ortiz García
Divulgador de la historia de México
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