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Un informe del Foro Económico de Davos alerta: “El mundo se encuentra al borde del precipicio”.

El documento fue presentado como una de las bases del debate en que participan más de tres mil dirigentes políticos —entre éstos Donald Trump— y los principales empresarios y banqueros del orbe para sostener más de 200 sesiones en que el tema inevitable es Groenlandia.

Con un descaro que aterra, Trump quiere invadir o “adquirir” esa isla (como si se tratara de un lote baldío en remate). Parece protagonizar un episodio de El Aprendiz y confunde el derecho internacional con un juego de Monopolio para ganar todas las casillas.

Pero Groenlandia (2.16 millones de kilómetros cuadrados, algo más grande que México, que mide 1.9 millones) no está en venta. Su estatus no admite duda alguna: es un territorio autónomo dentro de un Estado soberano de la Unión Europea.

Lo que para cualquier líder sensato sería una ocurrencia desechable, para Trump es un plan “estratégico de seguridad nacional”.

Pero su obsesión real no es la geografía sino cobrarse la afrenta de no habérsele otorgado el Premio Nobel de la Paz, lo que atizó su ambición por las “tierras raras” y los potenciales mineros y petroleros de Groenlandia.

Está convencido de que la razón por la que no obtuvo el galardón fue una conspiración del “gobierno noruego”.

Ignora que el premio lo decide un comité autónomo designado por el parlamento, integrado por cinco representantes de tendencias diversas asesorados por especialistas que evalúan méritos reales por la paz.

Pagado de sí, alardea que impuso la paz en “ocho guerras” y esto le bastaría para merecer la medalla.

Crece la paradoja: mientras atacaba a Europa por no rendirse a su ocurrencia, se ufanó del diploma y la medalla que imprudentemente le obsequió María Corina Machado (encantado presumió el obsequio como niño que estrena lonchera); en Oslo, los miembros del comité expresaron su desconcierto porque la premiada fue ella, no Trump.

La similitud con Andrés Manuel López Obrador es evidente: ambos se creen bordados a mano, iluminados por una incomprensible misión “histórica”.

Como suele ocurrir con los caudillos nacionalpopulistas, Trump justifica su ambición por Groenlandia con la falacia de la “seguridad nacional”. Se dice obligado a evitar que Rusia o China ocupen la isla, aunque éstos jamás han mostrado interés por invadirla.

Y como todo berrinche demencial, su ambición por la isla tendría gracia si no fuera porque plantea una contradicción jurídica monumental: varios países europeos, miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (que incluye a Estados Unidos), se proponen reforzar su presencia militar en Groenlandia en apoyo de Dinamarca, previendo que EU o algún otro miembro de la misma alianza ose dar un paso hostil.

Nunca antes un capricho presidencial había puesto  una alianza militar en riesgo de autodevorarse.

Por obra y gracia de Trump, el Tratado del Atlántico se convertiría en un manual de autodefensa mutua: la OTAN contra la OTAN….