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El fracaso de la “tolerancia cero” de Trump esconde otro, de mayor profundidad: el de su discurso amenazante.

Las cifras indican que durante el primer año de su gobierno, el discurso de miedo y odio de Trump fue una herramienta efectiva de contención migratoria.

Al menos eso sugiere el hecho de que, poco después de asumir la presidencia, en mayo de 2017, la policía fronteriza detuvo algo más de 19 mil migrantes ilegales. Pero un año después, en mayo pasado, las detenciones fueron 52 mil, más del doble (con más de 50 mil también en marzo y abril).

Trump adoptó la política de “tolerancia cero” en el clímax de esta oleada migratoria, igual que Barack Obama en 2014, luego de un alza sin precedente de migraciones centroamericanas, entre ellas la de menores no acompañados por adultos.

En mayo de 2014, siendo Obama presidente, la policía fronteriza arrestó por cruzar la frontera a más de 68 mil migrantes ilegales, 16 mil más que en el fatídico mes de mayo de Trump. (Las cifras en El País).

Entonces como ahora, lo que siguió fue un endurecimiento de las fronteras que terminó por ganarle a Obama el apodo de “Deportador en jefe”. (Deportó sobre todo mexicanos, porque la ley así lo manda para oriundos de México y Canadá).

El criterio de las detenciones de Obama, sin embargo, no fue separar a las familias cuando venían en ellas menores de edad, sino mantenerlas unidas en su detención . Precisamente lo que Trump dice que va a hacer ahora.

El problema de este criterio es que acumula en el aparato burocrático y judicial una carga descomunal de trabajo, pues cada caso debe esperar un juicio, que puede durar años, mientras que el gobierno, por ley, solo puede retener a sus detenidos 20 días.

Según El País, citado arriba, hay 700 mil casos esperando turno en los juzgados de migración. En 2009, eran solo 225 mil.

La larga espera para el fallo judicial equivale muchas veces a la autorización tácita de que los infractores puedan quedarse en Estados Unidos “legalmente”, pues no es su culpa que no los juzguen con celeridad.

El problema enloqueció a Obama en su momento, igual que a Trump ahora, pero Obama era un presidente ilustrado y Trump un racista primario.