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Cambió rápido, para mal, la mirada de Agustín Carstens, gobernador del Banco de México, sobre el futuro inmediato de la economía mexicana. Quizá de la del mundo.

Dijo la semana anterior que estaba cómodo con los resultados de la intervención del Banco de México para evitar un desplome brusco del valor del peso frente al dólar. Dijo también que en materia de aumento de tasas de interés, su posición es que había que seguir a la Reserva Federal americana, no adelantarse.

Quería decir con esto, creo, que veía estable el horizonte inflacionario mexicano, cuya estabilidad es su obligación cuidar.

Decía entonces, si entiendo bien, que no había dinero circulante de más en el mercado y no había que encarecerlo para contenerlo.

El viernes pasado, en una charla relativamente informal a estudiantes de economía de la Universidad Panamericana, dijo lo contrario:

Si el gobierno no hace ajustes en su gasto previsto este año, y si no lo hace rápido, el Banco de México tendría que  intervenir aumentando las tasas, lo cual, en su opinión, sería “un proceso más largo y doloroso” para sanear la economía que el de ajustar de inmediato el gasto público.

“Ahorita que está iniciando el año es un buen momento para que realmente se refleje en el gasto público la nueva realidad de un precio (del crudo) 70 por ciento más bajo de lo presupuestado”.

Parte importante del ajuste, dijo Carstens, “lamentablemente tiene que ser en Pemex”.

¿De qué tamaño el ajuste?, preguntan los preguntones.

Un ajuste tamaño mundial, responde Carstens:

“Desde que empezó la caída fuerte del petróleo, hace seis meses, a la fecha, se han perdido 500 mil empleos en el mundo y se han pospuesto o eliminado proyectos de inversión de 400 mil millones de dólares. No debería sorprender que algo similar se refleje en nuestro país” (Reforma, 6 de febrero 2016).

Vale decir: hay que hacer despidos serios en Pemex y esperar una caída seria de la inversión petrolera. No solo viviremos 2017 sin Pemex, sino también sin rendimientos de las nuevas inversiones privadas en el sector.

Yo he aprendido a escuchar con atención, no sé si a leer con exactitud, las señales que emite el gobernador del Banco de México. Nada me tranquiliza tanto como su silencio, nada me inquieta más que sus admoniciones.

Con lo que quiero decir que estoy inquieto. El oráculo Carstens ha pasado de la tranquilidad a la emergencia.

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