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En los escasos desfiles triunfales que concedía Roma a sus emperadores tras el triunfo en una gran guerra, a la espalda del homenajeado, que iba enhiesto sobre una cuadriga, un esclavo mantenía en alto una corona de laureles entrecruzados y tenía que repetirle una letanía en el oído:

Respice post te! Hominem te ese memento! (¡Mira atrás y recuerda que sólo eres un hombre!) Memento mori, memento mori(Recuerda que vas a morir, recuerda que vas a morir).

Lo describe con pegajosa maestría Santiago Posteguillo en “La trilogía de Escipión”, un best seller que puso de moda entre los políticos en este sexenio el presidente Peña, una lectura favorita suya, sobre todo por la tesis de evitar que “Roma cayera en manos de los que representaban valores opuestos”.

Al releer sobre aquellos escasos desfiles triunfales que concedía Roma a sus emperadores tras el triunfo en una gran guerra, resulta alentador que el presidente electo abogue por la “reconciliación” y prometa defender y ampliar las libertades individuales y sociales, y respetar las instituciones.

Es alentador, porque el presidente electo se convirtió antier en el más votado de la democracia mexicana y hasta en un caso singular en el mundo actual: los ciudadanos le entregaron, a través de las urnas, el poder político absoluto que otros que se vieron obligados a arrebatarlo por la fuerza.

En un presidente electo que no tendrá contrapesos legislativos de la oposición, y que los partidos contrarios al suyo son apenas cascarones, es maravilloso escucharle prometer que hará “cambios profundos”, pero aún siendo “profundos” serán siempre dentro de la Constitución y las leyes.

Sobre todo, en un presidente electo con una altísima autoestima, descrita de manera brillante en NYT este fin de semana por el narrador venezolano Alberto Barrera Tyszka, auto de “Hugo Chávez sin uniforme: una historia personal” (Editorial Debate; 2005):

AMLO no cree que los mexicanos votarán para que él cambie algunas cosas y administre mejor el Estado durante seis años. No. Él se siente convocado a una tarea más épica. Cree que lo van a elegir para que haga la “cuarta revolución”, para que transforme la historia. Lo que sigue todavía es más peligroso: AMLO, al igual que Chávez, vende la tentadora y suicida promesa de que realizar esta transformación es muy fácil. Que es una faena que, además, está irremediablemente ligada a su persona, a su buena voluntad. Es un ejercicio egocéntrico que pretende sustituir la política con magia, que supone por ejemplo que, aunque esté rodeado de corruptos, la sola presencia de AMLO en la presidencia garantizará que no habrá corrupción durante su mandato. Esos espejismos sirven para ganar elecciones pero no para gobernar.

Ese hombre se encuentra en su desfile triunfal.