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Leyendo el sábado la columna de Xavier Velasco en MILENIO, volvió a saltarme a los ojos el absurdo económico, penal y moral de la llamada guerra contra las drogas y de la prohibición que la creó.

Se pregunta Velasco qué buscan los prohibicionistas: “¿un mundo libre de traficantes acaudalados y drogas ilegales, donde los forajidos no sean infinitamente más poderosos que sus perseguidores”?

Bueno, nos han obsequiado con todo lo contrario: “un negocio que no conoce límites, ni lástima, ni escrúpulos. Un negocio podrido de raíz, a partir de leyes que en vez de reprimirlo y castigarlo, permiten y estimulan su desarrollo”  (“Podridos, pero en billetes”, 18/7/15).

El fracaso de la persecución es evidente en todos los ámbitos, salvo en que ha hecho más resistentes y más poderosos a los perseguidos. La persecución captura y mata a muchos, pero genera y hace crecer a muchos más.

Convierte después sus estropicios en su justificación: tanta violencia demuestra que hacía falta violencia para enfrentar a los criminales. Tanta resistencia a la prohibición y tanta gente dispuesta a matar y morir por violarla, demuestra que la prohibición era necesaria.

No. Cada vez más círculos de expertos y observadores llegan a la conclusión contraria: algo debe estar mal en la prohibición misma que solo produce crimen sin reducir el consumo.

De las buenas intenciones prohibicionistas está empedrado el infierno de las altas rentas del narcotráfico.

Un kilo de coca prohibido, recuerda Velasco, va dejando un reguero de gigantescas  ganancias en su tránsito ilegal desde algún punto de Colombia, donde vale 700 dólares, hasta algún barrio de Nueva York, donde se vende en 100 mil.

¿Quién le puso ese precio, quién creó esas ganancias que crearon a su vez las bandas del narcotráfico? Lo hizo la prohibición, y lo hace todos los días, dejando en manos criminales todas las ganancias y en la sociedad todos los costos de perseguirlas.

El mundo al revés: el aliado mayor de los narcotraficantes y sus ganancias es la prohibición.

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