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Podría quizá resumirse la historia reciente de Venezuela diciendo que ha padecido una malísima jugarreta de la historia: un gran éxito político puesto al servicio de un catastrófico proyecto de nación.

Mutatis mutandis, es el mismo sorprendente y lamentable camino de Cuba: el más portentoso político que haya nacido quizá en el siglo XX latinoamericano, Fidel Castro, dedicó su carisma y su talento a la destrucción de su país.

Lo de Cuba es una epopeya política puesta al servicio de una debacle histórica buscada. Lo de Venezuela pinta para lo mismo, aunque no ha llegado tan lejos, ni llegará, por la sencilla razón de que Maduro no es Chávez ni Chávez es Fidel Castro.

Creo que fue Keynes quien dijo que los políticos están gobernados por las ideas de un economista muerto. En un extraordinario artículo “Venezuela: imaginario económico vencido”, Claudio Lomnitz ha hecho el recuento puntual de las ideas que han dado al traste con Venezuela.

“La crisis que enfrenta Venezuela”, escribe Lomnitz, “es resultado de la pobreza del imaginario económico del mal llamado socialismo del siglo XXI, que en realidad no ha sido sino una versión delirante del desarrollismo del siglo XX”. (La Jornada, 4 febrero 2015).

Los factores de la crisis venezolana vienen todos de ideas fantasiosas o dogmáticas de gobierno sobre el comportamiento de la economía. “La mejor y más duradera de esas ideas”, dice Lomnitz, “fue simple: entregar una proporción mayor de la riqueza petrolera a las clases populares”. Las demás fueron una equivocación tras otra.

Primero, no reducir la dependencia de los ingresos petroleros que es hoy de 96 por ciento de las exportaciones. Segundo, manejar mal la empresa petrolera, Pdvsa, que no pudo aumentar su producción en los 16 años del chavismo/madurismo. Tercero, regalar petróleo a los venezolanos, que pagan precios simbólicos por la gasolina (600 mil barriles diarios). Cuarto, regalar petróleo a Cuba (100 mil barriles diarios) y a Petrocaribe (200 mil barriles). Quinto, vender a China petróleo adelantado a cambio de deuda: 500 mil barriles diarios.

“Resultado”, concluye Lomnitz: “Venezuela recibe dinero contante y sonante solo por alrededor de 1.2 millones de barriles diarios, y su cliente principal es, irónicamente, el siempre vilipendiado imperio”.

Ese dinero equivale hoy a solo a la mitad del valor de las importaciones. Venezuela no puede pagar lo que compra.