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Nos enorgullece nuestra democracia, y no hablamos mal de ella.

Nos enorgullece en particular el instituto autónomo que organiza nuestras elecciones, porque efectivamente las organiza.

Entrena y despliega cada tres años a millones de ciudadanos que administran y vigilan las casillas, reciben y cuentan los votos, son agentes tranquilos, conductores neutros de la materia incendiaria por excelencia que son los votos, la entrega colectiva y anónima del poder.

Hay un timbre de orgullo particular en el esquema de financiamiento público de nuestra democracia.

Decidimos aquí que el dinero privado no entrara a financiar a los partidos, pues el dinero privado corrompía las elecciones, en particular el del narco. Se decidió que no hubiese sino financiamiento público, con unas cuantas excepciones de montos menores.

La realidad mostró luego que la mayor parte del dinero público que se daba a los partidos se iba a los medios de comunicación privados.

Se decidió entonces expulsar a los medios privados de la renta electoral y darle a los partidos tiempo gratuito de mensajes políticos por radio y televisión.

Nadie redujo de la cuenta pública de los partidos el dinero que gastaban en los medios. Se quedaron sin pagar a los medios y con el dinero público que antes pagaban.

La mala noticia para nuestra democracia es que este sistema de financiamiento ha traído a la escena el peor de los mundos posibles: grandes subsidios para los partidos (este año poco menos de 500 millones de dólares) y un gigantesco mercado negro electoral.

Nuestra democracia gasta mucho dinero público, pero juega sus verdaderas cartas de triunfo en un palenque de dinero negro que es el que marca el destino de las campañas y el verdadero poder de triunfo de los candidatos que participan en ella.

Para sentarse en las apuestas de ese palenque hay que traer mucho más dinero que el que otorga y autoriza la autoridad. Como nunca, nuestra democracia es una subasta pública de puestos al mejor postor.

Mañana, una investigación ranchera sobre el particular.