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Egipto, Siria y Mesopotamia fueron los primeros sitios donde se cultivó la vid hace 7 mil años. Se han encontrado jarras, vasijas y toneles con restos de vino y decoraciones con personas celebrando. Más tarde se cultivaron pepitas de vid en la hoy Turquía y Armenia. Tucídides, historiador griego del siglo V a.C., escribió: “Los pueblos de la cuenca mediterránea salieron del barbarismo cuando aprendieron a cultivar el olivo y la vid”. El vino ha sido relacionado a prácticas religiosas y festivas: al beberlo el hombre se comunica y comulga con sus dioses.

Dionisio para los griegos (Baco para los romanos) era un dios que vivió dos vidas: una de día —como deidad agrónoma, de labranza y abundancia— y otra de noche —aludiendo a fiestas y jolgorios—. Dionisio llevó el vino a Grecia desde la actual Turquía: el líquido era su sangre, él la vid. 

En los libros sagrados de la India —Vedas y Ramayana— se menciona un vino nombrado “soma”, un mosto extraído de la planta con el mismo nombre. Beberlo traía consigo una borrachera sagrada que permitía a los hombres comunicarse con los dioses. En el Poema de Gilgamesh —siglo II a.C.— se menciona un viñedo mágico metaforizado a través de piedras preciosas. Los sumerios veneraban a la diosa Gestín (madre cepa) y al dios Pa-gestin-dug (buena cepa) casado con Nin-Kasi (la dama del fruto embriagador).

En su Historia, Heródoto escribe que los persas negociaban asuntos importantes después de haber bebido profusamente. Al día siguiente —en estado de sobriedad— analizaban lo que habían acordado ebrios. Volvían a emborracharse para reconsiderar lo platicado ahora en sobriedad: pretendían cubrir todas las posibilidades. En el judaísmo —y posteriormente en el cristianismo— el vino aparece en múltiples ocasiones. El libro del Génesis relata que después del diluvio universal Noé empezó a labrar la tierra y plantó una viña (en el monte Ararat). “Y bebió del vino y se embriagó, y estaba descubierto en medio de su tienda”. Después del regreso de los judíos de su cautiverio en Babilonia, Nehemías fue el encargado de reconstruir los muros de Jerusalén y escribió: “En aquellos días vi que en Judá había quienes en sábado pisaban uvas para hacer vino, acarreaban manojos de trigo, cargaban los asnos con vino y racimos de uvas”. El primer milagro de Jesús fue convertir el agua en vino en una boda en Caná de Galilea: mandó llenar de agua seis vasijas de piedra con más de 40 litros cada una, pidió que sacasen un poco y lo llevasen al director del banquete y pronunció: “Todo el mundo sirve primero el buen vino y luego, cuando la gente ya está borracha sirve el de peor calidad, pero tú has guardado el bueno hasta ahora”. En la última cena Jesús convirtió el vino en su sangre y el pan en su carne. 

Ante la pregunta de su vino favorito, el gran enólogo Angelo Gaja contestó que “el mejor vino es aquel que se toma con amigos”. Descorche una botella y choque la copa con sus afectos, que lo demás es historia.