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La prohibición de las drogas y la persecución del narcotráfico han convertido a México en un matadero.

Si las cosas siguen como van, entre el año 2000 y el 2018 se habrán registrado en México más de 300 mil homicidios.

Llevamos 245 mil, con un salto cuántico a partir de la intensificación de la guerra contra las drogas en el año 2008.

Doscientos cuarenta y cinco mil homicidios suponen 245 mil muertos y sus respectivos asesinos desperdigados en pueblos, comunidades, barrios y ciudades: el enorme territorio mexicano sacudido por la violencia.

Doscientos cuarenta y cinco mil homicidios quieren decir 245 mil cadenas de deudos en busca de justicia, reparación o venganza. A veces, simplemente en busca de los restos de un cuerpo que no han podido enterrar o de un ser querido que desapareció, pues hay 23 mil desaparecidos.

No sabemos cuántos lesionados permanentes ha producido esta violencia, cuántos mutilados o inválidos hay, marcados por la doble cicatriz de sus heridas y su memoria.

¿Es posible pasar indemnes, social y moralmente, como país, por este matadero?

¿Es posible no pagar los daños mentales y sociales de tanta violencia?

No lo creo. No es posible pasar por este matadero sin anestesiar nuestros sentidos y nuestros sentimientos ante lo que pasa, sin volvernos fríos, en algún sentido inhumanos, ante lo que sucede.

La impunidad de tanta muerte tiene que lisiarnos algún lugar del alma colectiva, de la moral pública, del sentido del bien y del mal, al tiempo que una fracción homicida de nuestra sociedad, una fracción de decenas de miles, sigue su fuga sangrienta hacia adelante, no solo matando más, sino de peor manera, de manera más salvaje, con daños seguramente irreversibles para su propio sentido del valor de la vida y la humanidad de sus víctimas.

Todo esto tiene que hacernos peores como sociedad, menos solidarios ante el sufrimiento de los otros, más insensibles moral y socialmente ante la violencia de la guerra civil no declarada en que vivimos gracias a la prohibición y a la guerra contra las drogas.

¿No ha llegado la hora de plantearse el camino a un cese el fuego?

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