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Para entender la carta de Jesús Ramírez Cuevas hay que leerla como un manifiesto.

El texto niega lo que Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez denuncian en el libro Ni venganza ni perdón y está dirigido a dos audiencias: el “pueblo de México” y “la opinión pública” (¿la supondrá extranjera?) que no comulga con el credo de la 4T.

Cada párrafo es una pieza de catecismo. No rebate con datos, exorciza. No desmonta acusaciones, las declara blasfemias.

Aplica la fórmula de Andrés Manuel López Obrador: cualquier denuncia contra un machuchón morenista es un “ataque al movimiento” proveniente de “los conservadores de siempre cuyo único Dios verdadero es el dinero”.

La lógica es impecable en su simpleza: si me cuestionan es porque odian la transformación; si odian la transformación sirven a intereses extranjeros. Punto.

Ramírez Cuevas habla de una campaña “contra mi persona” en medios y en redes —“benditas redes”, les decía su pastor— y desempolva el sobado refrán de “la calumnia, cuando no mancha, tizna”.

La cuestión es que aquí no hay tizne sino señalamientos específicos y directos a su desempeño. En vez de refutarlos, los descalifica, para empezar llamando al libro “pasquín inmundo” y a sus autores “dos personajes” movidos por la venganza y “al servicio de intereses extranjeros” (sic).

El recurso es de la casa: quien acusa es corrupto, quien pregunta cómplice, quien exhibe mercenario.

Al periodista lo acusa de haber defendido la “verdad histórica” (que jamás ha sido refutada) y de proteger al “dueño de una televisora al que no gusta pagar impuestos”.

Y del “otro” dice que es “un abogado que salió del gobierno en medio de señalamientos por tráfico de influencias y extorsión”.

Pues qué hipócritas él y AMLO, que ensalzaron a Julio cuando renunció a la Consejería Jurídica.

Típico de los nacionalpopulistas demonizar biografías para evitar discutir hechos.

No hay pruebas, dice, de las acusaciones, sin que él aporte una sola para desmentirlas. Y que nunca usó recursos públicos con fines políticos.

¿Y aquellas mañaneras en que sus “periodistas” molécula le ponían el tapete a López Obrador en el patíbulo palaciego que sirvió de plataforma electoral permanente?

Afirma que jamás entabló relaciones con delincuentes, que rechazó el clientelismo, que no participó en campañas, pero su activismo en procesos estatales está videograbado y su papel en el manejo turbio de dinero público forman parte, aquí sí, de su biografía.

Con solemnidad litúrgica, sostiene: “Ni sembré preguntas ni respuestas”. Lo segundo es imposible, pero lo primero fue lo suyo lo suyo con su recua de “reporteros” amaestrados.

La proclama culmina en tono confesional:

“Confieso que siempre he luchado por un mundo mejor (…). Confieso que soy una persona de izquierda, que ha trabajado con ‘amor a la patria’”.

La retórica sustituye a la evidencia, pero el chiste no es declararse virtuoso, sino creer que la virtud autoproclamada exonera de rendir cuentas…