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Por alguna razón no me sorprendió la noticia de que la depresión en México, la depresión como enfermedad diagnosticable, se ha extendido mucho en los últimos años.

La gráfica de esta dolencia, según la Secretaría de Salud, ha crecido desde el año 2020. Había entonces 66 casos anuales de depresión por cada 100 mil habitantes. En 2021 eran 81, también por cada 100 mil; en 2022 subió a 102.4 y en 2023 a 118.7.

En México sufren depresión 3.6 millones de personas. Cuando hablamos de depresión, nos dice Diego Badillo en su amplia nota de El Economista (22/2/2025), se habla de tres condiciones: ánimo decaído pasajero aunque recurrente, síntomas de ansiedad transitorios pero también recurrentes y trastornos afectivos permanentes que se prolongan por meses o años, y llegan a incapacitar a quien lo padece.

Sólo este último requiere atención profesional. Creo que esta sintomatología depresiva en ascenso tiene una conexión con los lutos acumulados en la población por la enorme cantidad de muertos de la pandemia y la enorme cantidad de asesinatos de estos años, que el gobierno maquilla a la baja, lo mismo que hace con los desaparecidos.

Es imposible que todo ese dolor, del que apenas se habla como tal, no esté pesando colectivamente. Porque pesa con objetividad siniestra en indicadores objetivos y medibles, como los hechos demográficos, donde México ha perdido en promedio 4 años de esperanza de vida.

Una medición más exigente es la “esperanza ajustada de vida”, vale decir, los años que una persona puede vivir con buena salud.

En su reciente capítulo sobre implicaciones del tsunami demográfico de los últimos años, el Fondo Monetario Internacional (@IMFNews) estimó la esperanza de vida ajustada para 184 países.

En 2021 la esperanza ajustada de vida en México había caído a 61.4 años promedio. Estados Unidos, que vio también morir cerca de un millón de personas en la pandemia del covid, no andaba muy arriba de esto, ambos países en la parte inferior de la tabla.

Los muertos cuentan, aunque se cuenten mal.