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Vea la gráfica del comportamiento del peso frente al dólar durante el último año y se dará cuenta que ese importante chipote que registró el peso en ese lapso se explica básicamente por cuestiones políticas.

Hace un año se requerían 18.50 pesos por cada dólar, para enero había que desembolsar más de 22 pesos y ahora son menos de 18 por cada billete verde.

Las bacterias de la especulación cambiaria se alimentaron de factores tan subjetivos como las promesas de campaña de Donald Trump, su victoria electoral y el incumplimiento de una larga lista de amenazas.

Variaciones de hasta 25% con el motor primordial de la política estadounidense y su impacto en nuestros intereses.

El nivel actual del peso frente al dólar, por debajo de los 18, puede ser incluso hasta un nuevo techo en la cotización si se siguen alineando las noticias positivas. O bien, puede tratarse de un oasis temporal antes de nuevas tormentas cambiarias.

En un mes deberían iniciar las negociaciones de un renovado Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Los indicios nos hablan de mayor sensatez y sensibilidad del gobierno de Estados Unidos con respecto a la conveniencia de los tres países de mantener el acuerdo, pero no lo sabemos realmente.

El fracaso del plan de salud de Trump para repeler y sustituir el Obamacare no es definitivo, puede todavía arrojar un acuerdo entre los republicanos y entonces salir adelante con todo y los ahorros presupuestales que necesita la Casa Blanca para impulsar su plan fiscal.

Si avanza en el otoño la propuesta fiscal creará burbujas de crecimiento que afectarían la política monetaria, sin contar la bomba de tiempo que a la vuelta de una década explotaría por la disminución drástica de ingresos fiscales que hay quien calcula en 1 trillón de dólares.

La lista de los riesgos con epicentro en Estados Unidos debería incluir las amenazas bélicas, con énfasis en las tensiones con el régimen autoritario de Corea del Norte.

Pero hay claramente un factor político interno que puede hacer exactamente el mismo fenómeno de burbuja cambiaria por angustia que vimos a principios del año.

La sucesión presidencial pinta para ser despiadada, una superlibre donde el desgaste de la estabilidad y de la paz social será visto como un daño colateral ante el supremo fin de las agrupaciones políticas de alzarse con el poder.

No pudimos blindarnos de los impactos electorales de los Estados Unidos, en buena medida porque el factor sorpresa participó con el inesperado triunfo de Trump y porque al final ese mercado es el eje rector del mundo financiero global.

Un blindaje local será posible en las finanzas públicas y en otros aspectos monetarios, fiscales y administrativos. Pero el sobrecalentamiento de la opinión pública o el congelamiento del ánimo del consumidor por ejemplo son mucho más difíciles de controlar.

Hay que tomar el factor político interno como el principal riesgo de impactos incuantificables que puede afectar el desempeño de la economía.

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